sábado, 24 de noviembre de 2012

La mujer del puente

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La mujer del puente



“Espérame en la piazza”, le pidió en un tono displicente y, en la premura se ha escapado con sus alas. “Es sólo un momento, no tardo”. Y escampó su parasiempre entre la lluvia como sinfonía de viento, pasos y murmullo de cien cuerpos refugiados. “Pero… ¿adónde vas?”, fue el susurro inútil, eco sordo aniquilado, lánguido, sonido absurdo, llano. Y quedó Marina con el gesto inerme y los ojos encallados. Fue la última vez que él miró su rostro avellanado y ella su semblante ansioso, arisco, fastidiado. ¿Huye del hastío o del error? No lo sabe. Un presagio. Y ahí quedó sobre el puente Arana una mujer enmudecida con los labios al vuelo, con un vuelco hacia el pasado.

Mirar sin mirar. Mirar por mirar. Aturdida. Extranjera acosada por la lluvia y rostros de fantasmas. ¿Puede el desconcierto más agudo detener el tiempo? Dos opciones. La estación de trenes o aquel puente que sofoca el alma. Dos opciones. Y no encuentra el impulso para gritar o correr o refugiarse del cielo y sus entrañas. Un impulso al menos para aniquilar la rabia. La indecisión o la decisión atrasada. La lluvia le resbala y la ciega. Todos la miran expectantes... “¿qué le pasa?” Y alguien furtivo la acoraza con protectora calma. La conduce sobre el puente y sus paseantes. “¿Se encuentra bien?”, escucha Marina a lo lejos, muy de lejos sin percatarse ya de nada. Movió acompasadas sus piernas dejándose guiar por la caridad que la salva.

“¡Míreme! ¿Me escucha?”, repite el extraño una, dos veces, mientras con delicadeza toma los hombros de Marina y palmea su rostro pálido y ausente. “Confíe en mí”. Confíe en mí… confíe en mí… se repite la frase por encanto como eco en su cerebro y Marina levanta poco a poco la mirada. Busca una esperanza a la cual asirse y se detiene en sus ojos, los ojos amielados del extraño. Se conectan y él se alegra, la ha abstraído de la nada. “Soy… qué importa, déjeme ayudarla”. Una reminiscencia. Una sonrisa anónima y cercana. “Gracias… soy Marina”. Lo mira con avidez y presteza recorriendo aquella tez morena y los guarecidos ojos bajo su tejado espeso de pestañas. “Venga conmigo, tomaremos algo caliente para reanimarla”. Y se encaminaron al otro lado del puente Arana. Un final y un comienzo. La vida teje circunstancias.

“¡Disculpe! ¿Ha visto a esta mujer?”, y muestra una fotografía a cada transeúnte el que se marchó y ha regresado. Mira a todas partes con el anhelo de encontrarla. “¡Disculpe! ¿Ha visto a esta mujer?”. Sí -responde al fin un turista sorprendido-, es la mujer del puente. Se fue hacia allá, un caballero la acompaña.

Y ahí quedó. Mirar sin mirar. Mirar por mirar. Confundido. Extranjero acosado por recuerdos y un anillo en el bolsillo. ¿Puede el desconcierto más agudo detener el tiempo? Dos opciones. La estación de trenes o aquel puente húmedo, sombrío.

Fabs

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