martes, 25 de diciembre de 2012

Tiempo lineal

Frente a frente.
Tiempo invertido, lineal.
Otro año casi.
Y aún espero.
Hay tanto que esperar.
Fabs

sábado, 24 de noviembre de 2012

La mujer del puente

 Para leer, asegúrese de escuchar esto como fondo:



La mujer del puente



“Espérame en la piazza”, le pidió en un tono displicente y, en la premura se ha escapado con sus alas. “Es sólo un momento, no tardo”. Y escampó su parasiempre entre la lluvia como sinfonía de viento, pasos y murmullo de cien cuerpos refugiados. “Pero… ¿adónde vas?”, fue el susurro inútil, eco sordo aniquilado, lánguido, sonido absurdo, llano. Y quedó Marina con el gesto inerme y los ojos encallados. Fue la última vez que él miró su rostro avellanado y ella su semblante ansioso, arisco, fastidiado. ¿Huye del hastío o del error? No lo sabe. Un presagio. Y ahí quedó sobre el puente Arana una mujer enmudecida con los labios al vuelo, con un vuelco hacia el pasado.

Mirar sin mirar. Mirar por mirar. Aturdida. Extranjera acosada por la lluvia y rostros de fantasmas. ¿Puede el desconcierto más agudo detener el tiempo? Dos opciones. La estación de trenes o aquel puente que sofoca el alma. Dos opciones. Y no encuentra el impulso para gritar o correr o refugiarse del cielo y sus entrañas. Un impulso al menos para aniquilar la rabia. La indecisión o la decisión atrasada. La lluvia le resbala y la ciega. Todos la miran expectantes... “¿qué le pasa?” Y alguien furtivo la acoraza con protectora calma. La conduce sobre el puente y sus paseantes. “¿Se encuentra bien?”, escucha Marina a lo lejos, muy de lejos sin percatarse ya de nada. Movió acompasadas sus piernas dejándose guiar por la caridad que la salva.

“¡Míreme! ¿Me escucha?”, repite el extraño una, dos veces, mientras con delicadeza toma los hombros de Marina y palmea su rostro pálido y ausente. “Confíe en mí”. Confíe en mí… confíe en mí… se repite la frase por encanto como eco en su cerebro y Marina levanta poco a poco la mirada. Busca una esperanza a la cual asirse y se detiene en sus ojos, los ojos amielados del extraño. Se conectan y él se alegra, la ha abstraído de la nada. “Soy… qué importa, déjeme ayudarla”. Una reminiscencia. Una sonrisa anónima y cercana. “Gracias… soy Marina”. Lo mira con avidez y presteza recorriendo aquella tez morena y los guarecidos ojos bajo su tejado espeso de pestañas. “Venga conmigo, tomaremos algo caliente para reanimarla”. Y se encaminaron al otro lado del puente Arana. Un final y un comienzo. La vida teje circunstancias.

“¡Disculpe! ¿Ha visto a esta mujer?”, y muestra una fotografía a cada transeúnte el que se marchó y ha regresado. Mira a todas partes con el anhelo de encontrarla. “¡Disculpe! ¿Ha visto a esta mujer?”. Sí -responde al fin un turista sorprendido-, es la mujer del puente. Se fue hacia allá, un caballero la acompaña.

Y ahí quedó. Mirar sin mirar. Mirar por mirar. Confundido. Extranjero acosado por recuerdos y un anillo en el bolsillo. ¿Puede el desconcierto más agudo detener el tiempo? Dos opciones. La estación de trenes o aquel puente húmedo, sombrío.

Fabs

miércoles, 31 de octubre de 2012

domingo, 30 de septiembre de 2012

En un carrete


Algunas frases me provocan punzadas y escalofríos. 
Han devanado mis ideas, mis silencios, mis sentimientos. 
Todo aguarda en un carrete. 
También un reproche y un beso.

Fabs

Imagen tomada de:http://talent.paperblog.com/no-quiero-pensar-513261/

viernes, 28 de septiembre de 2012

Supongamos



Supongamos que hoy enciendo todas las velas y los candiles. Supongamos que un aroma agradable y sutil impregna la estancia. Sólo… supongamos. Y así, en este marco festivo y definitorio, supongamos también que un sonido amable e inocente deambula y no distrae. Que una conexión de siglos nos enmarca. Sí, así, sin pensar en teorías científicas de lo imposible ni en la trascendencia de las almas. Sólo supongamos que es posible a la luz de estos candiles y sus flamas. Que hemos sorteado épocas, tragedias, grandes hazañas. Que nos vimos tantas veces en algún bosque o en una playa. En un carnaval, en los entierros o en tertulias, en la biblioteca pública, en una librería o un café, pero siempre a la distancia. Supongamos, sí, que nos vimos en un museo, en un concierto o en un restaurante de azaleas blancas. Que nos saludamos de reojo al cruzar la calle, al doblar la esquina o al caminar por una plaza. Que supe de ti, cuando clandestinamente me has envidado alguna carta. O que tropecé contigo al salir de un ascensor; y sonreímos, pero no dijimos nada. O quizá bajo una farola te miré… tú me esperabas, y la certidumbre de los siglos entumió nuestras palabras.
Supongamos pues, sólo supongamos, que nos hemos conocido antes, mucho antes, en otros tiempos, en otros escenarios, en otras pieles y fachadas. Supongamos que es posible por la luz de estos candiles y sus flamas. Que a través de tantos siglos te busqué y tú me buscabas. Y supongamos también, que hoy, de todo esto te percatas.

Fabs

Imagen tomada de: http://elcandildelospensamientos.com/el-candil-de-las-imagenes/un-candil-antiguo-los-recuerdos/

jueves, 20 de septiembre de 2012

A propósito de la inmortalidad y de Borges





En el Club de lectura Citit [1], el libro en turno es “El Aleph”, de Borges. Esta es la segunda vez que lo leo y, al igual que en la primera, cada cuento vuelve a sorprenderme (aunque debo decirlo, Borges aún me sobrepasa por mucho). Así que por ahora, me limitaré a comentar lo que mi infantil madurez literaria me permite y, compartiré algo de las evocaciones y emociones que esta obra me despierta.

A propósito del cuento “El inmortal”, diré que es uno de mis relatos favoritos. El tema de la inmortalidad en sí o de la prolongación de la vida me resultan apasionantes y recursivos. Mientras repasaba las hazañas de los personajes de Borges, otros de diferentes historias también me visitaron: el héroe Gilgamesh, mitad real mitad leyenda, cuyas proezas nos llegan de la antigua Mesopotamia; Lazarus Long, ese fantástico personaje de Robert A. Heinlein en “Tiempo para amar”; y Tom, que de ser un humano muy poco prometedor, se convierte en un Dios inmortal gracias a Arturo Lule, en “Por un pedazo de la eternidad”.

Gilgamesh sortea grandes dificultades para encontrar al inmortal Utanapíshtim (que en las religiones abrahámicas no es otro que Noé, el héroe del "diluvio universal"), quien le revelaría el secreto de la inmortalidad; favor que no recibe de los Dioses por su debilidad, ya que no pudo velar los días necesarios para que éstos acudieran al llamado. Sin embargo y en consideración por las dificultades sorteadas, Utanapíshtim le revela el sitio donde encontraría la fuente de la juventud (una planta en el fondo de las aguas); la obtiene y de regreso a casa una serpiente la roba, así que, con una dolorosa resignación, Gilgamesh regresa a la ciudad de Uruk y comprende que su inmortalidad quedará supeditada a los muros de sus dominios.

Por otra parte tenemos a Lazarus Long, un hombre que podía “regenerarse” gracias al gen de la longevidad y a los avances tecnológicos, así que prolongó su vida por cientos de años. Vivió todo lo que podía vivir, tuvo todos los oficios que podía tener, todas las experiencias que deseó, y llegó un momento luego de haberlo vivido todo, que no deseaba otra cosa más que morir (y era legal quitarse la vida). Estaba cansado, no había nada más por hacer. No obstante, un grupo de personajes lo necesitaba para realizar una migración planetaria, así que, para lograr que desistiera del “suicidio” y colaborara con ellos, debían encontrar algo que lo motivara para seguir viviendo. No diré más, es una historia que los invito a leer.

En “El inmortal” de Borges, encontramos la existencia de un río cuyas aguas otorgan la inmortalidad a quien las bebe. El escritor plantea que los inmortales, luego de tanto vivir, de tantas épocas, conocimientos y experiencias, pierden el sentido de lo que la vida material puede ofrecerles y terminan refugiados en su mente, extraviados, absortos, locos, sólo regresando al mundo físico por algún estímulo especial. Así que, muchos inmortales se aventuran en la búsqueda del efecto reversible: del río que les devuelva la mortalidad. Desean recuperar el afán del día a día de los mortales, quienes hacen, luchan y disfrutan la vida porque saben que un día morirán.

Pues bien. Yo misma he ambicionado una vida prolongada como la tuvo Lazarus Long. También me he preguntado cómo se enfrentaría la vida sabiéndose inmortal, y me he planteado incluso, que los grandes artistas, los grandes humanistas, los grandes profetas, los grandes seres humanos, quizá deberían ser inmortales (y lo son a través de la trascendencia de su obra, de sus ideas; todos lo somos, de alguna manera). Y ante las reflexiones de los grandes pensadores, hago un alto en esta ocasión para girar en torno a algunas ideas de Borges sobre la inmortalidad:

“… dilatar la vida de los hombres es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes”.

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres”.

“Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”.

Como aún no conocemos el efecto de la inmortalidad que trae un río o la prolongada longevidad patrocinada por la ciencia (al menos no en este siglo [2]), terminaré diciendo que, al ser la vida una, debiéramos valorarla y hacer lo posible porque la huella material o espiritual que dejemos sea digna de recordarse. A fin de cuentas, esa huella es nuestra trascendencia y habremos de construirla no con la dolorosa resignación de Gilgamesh, sino sintiéndonos privilegiados por figurar en el gran escenario del universo. He dicho.

 Fabs

[2] Michio Kaku, en “La física del futuro”, nos tiene noticias alentadoras para los próximos 100 años. ¿Acaso la fuente de la juventud?

Imagen tomada de: http://www.google.com.mx/imgres?start=172&hl=es&client=firefox-a&sa=X&rls=org.mozilla:es-ES:official&noj=1&tbm=isch&prmd=imvns&tbnid=Ga6AN_8MPtdZQM:&imgrefurl=http://www.con-versiones.com/nota0999.htm&docid=Lf8LH-zCT7uEmM&imgurl=http://www.con-versiones.com/nota0999_clip_image002.jpg&w=321&h=241&ei=R_VbUPbbAuX02QX9x4CoDg&zoom=1&iact=hc&vpx=1143&vpy=67&dur=55&hovh=192&hovw=256&tx=223&ty=89&sig=114843361709507934452&page=6&tbnh=132&tbnw=175&ndsp=36&ved=1t:429,r:35,s:172,i:115&biw=1440&bih=807

Guárdame




Y si me marcho, ¿quién seguirá escribiendo? Por si acaso, guarda mis palabras. Guárdame. Quizá no despierte una mañana. Quizá no evoque otro siete de febrero. Quizá simplemente me desplome como una lumbrera bajo la tormenta, mientras me observas de lejos, vestido de agosto. Tal vez, sólo tal vez me despida como el viento entre las hojas de otoño. Y te abrace. Y de manera confusamente tierna te derrumbe. Y sabrás que me iré. Quizá, sólo así quizá, me arrancaré la idea de buscarte. Lo dudo, lo dudas, es cierto, pero imagina que quizá. Por ello, guárdame. Guarda mis palabras, las imprescindibles. Hasta lo que nunca digo y que percibes. Guárdalo todo muy bien. Un día, si nadie más te escribe, echarás mano de algunos vestigios, para reconstruirme.
Fabs
 

 Imagen tomada de: http://2.bp.blogspot.com/-K9qHqOhkUD4/Tt1QkZaBsyI/AAAAAAAAAMc/3qD0DdNvPf4/s1600/escribiendoLLLLLL.jpg