jueves, 1 de diciembre de 2011

Capítulo I. La reclutadora de ángeles

Siguiendo una idea añeja... la retomo en una historia que me entusiasma mucho, y que ya he ido compartiendo. Aquí el inicio.


Capítulo I. La reclutadora de ángeles







–Somos ángeles, todos lo hemos sido alguna vez; sin alas.

Así comenzaba Lorna Sigaud su conferencia en el Congreso de la Buena Voluntad, en Nueva York. Estuve ahí. Jamás olvidaré la sutil manera en que llegó a mi vida aquel 7 de febrero.

¿Qué esperaba transmitir esa mujer de aspecto afable y en plenitud de vida, ante un auditorio de escépticos indefinidos y faltos de esperanza? Sin embargo, apenas comenzó su discurso captó la atención del auditorio entero. Dos mil trescientas almas quedaron enganchadas en un minuto..., como yo. Era el congreso más concurrido sobre la Buena Voluntad desde el desastre en Rhode Island, ocho años atrás.

–Perfectamente detectamos a nuestros ángeles, en la calle, en la oficina, en la caseta de cobro, en el supermercado, en un estacionamiento, ¡en cualquier sitio! He visto a los míos, a varios, durante toda mi vida –continuó con seguridad avasalladora en un inglés casi perfecto–. Los ángeles se comunican por todos los medios, de manera presencial o a distancia, ya sea síncrona o asíncronamente. Las tecnologías de información y comunicación, soportan considerablemente sus intervenciones desde hace décadas con una creciente influencia. Las redes sociales se han convertido en un perfecto campo de acción.

Las ideas que Lorna lanzaba en medio del ánimo internacional, eran inquietantes. El planeta se encontraba sumergido en un caos total desde el advenimiento de la última crisis mundial, luego del terremoto en Japón. La gente necesitaba escuchar nuevamente sobre la esperanza, necesitaban soluciones tangibles y rápidas, querían que el mundo volviera a ser un lugar al menos parcialmente seguro, como diez años atrás. En este contexto de incertidumbre y blasfemia ante un Dios que parecía ocultarse, ¿a qué se refería Lorna cuando afirmaba que los ángeles se movían en cualquier medio? Los asistentes murmuraban y se preguntaban uno a otro qué sentido tenía esa charla, y si sería una más de tantas hablando sobre la superación personal; ese viejo y trillado tema que para esta época, resultaba aún más irrisorio. Llegué a sentir un poco de pena por ella y por lo que intuía sería la desastrosa presentación para aquellos seres con alma extraviada. Pero no tardé en descubrir mi error.

–Los ángeles entregan sus mensajes por cualquier vía que resulte pertinente, ya sea con gestos, de forma oral o escrita, a través de los otros, en fin... He sabido de mis ángeles, y de los ángeles de otros, conozco su modus operandi. ¡No hay misterio! Simplemente están ahí, en el momento preciso, enviados por alguien o… atendiendo a un llamado interno, afables, pacientes –hizo una breve pausa para crear expectativa y, remató pausadamente–, “con la expresión correcta, con la palabra precisa; con una acción pertinente”.

Esa última frase la cerró con calidez, hasta con un tono de bondad podría decirse. Quizás trataba de convencernos a toda costa de que alguna vez fuimos ángeles, o de que no era tarde para intentarlo.

¿Ángeles?, ¿qué pretendía la encantadora de almas? Me pregunté desde que inicio la charla. Encantadora, sí, así la reconocí de inmediato. Aun encontrándome en la última fila, también me alcanzó su presencia enfundada en un traje sastre. Esa presencia hechizante que atraparía a varios al final de la charla, incluyéndome.

¿Cómo se atrevía a hablar de este tema de manera tan abierta? Lo intenté varias veces y no logré mayor éxito. Por fin alguien se expresaba en mis términos y en perfecta sintonía. Lorna poseía otros dones: la oratoria, el poder de convencimiento, la atracción de la masas y, dirían algunos amigos, el don de lenguas. Dominaba seis idiomas cuando la conocí, las cuatro lenguas romances, el inglés y el alemán, y se iniciaba en el hindú. Su lengua madre, el español, y… tan sólo tenía 28 años. A esa edad podría decirse que había recorrido el mundo, al menos los países clave. Lorna se convirtió en una reclutadora de ángeles.

–Los ángeles actúan sin tanto revuelo por las causas propias y ajenas, convirtiendo estas últimas en las primeras. ¡Ahí están! Trabajando silenciosamente, prudentes, incansables. Hoy saludé a uno de ellos en el aeropuerto, vi la espalda de otro en el estacionamiento del hotel. Verlos me deja siempre una sensación indescriptible. Pero es preciso aclarar un tema que estoy segura, causa inquietud entre ustedes. Sepan que hablar de ángeles no supone un tema específicamente religioso. No es indispensable practicar alguna religión para ser un ángel. ¿Eres cristiano, judío, budista, musulmán…? ¿Ateo? No importa la respuesta.

Ante esta nueva intervención, la audiencia estalló en rumores discretos. ¿Hablar de ángeles no es un tema de religión?, ¿cómo era posible? Eran las preguntas que circulaban entre murmullos.

–¡Es muy simple! –pronunció de un tajo y se hizo el silencio–. Basta un poco de buena voluntad. Sólo un poco de buena voluntad consigo mismo, y con los demás.
Todas las religiones buscan elevar la esencia del ser humano, buscan llevarlo a la plenitud, a la trascendencia, y aun si no encuentras en qué o en quién creer, quizás existirá una manifestación de valores, de moral, de sentido común. La necesidad de encontrar un sentido de vida...

Cuando Lorna terminó de hablar con las decenas de personas que aguardaron al final de la charla, me acerqué.

–Debes ser Juan, ¿cierto? –dijo sin dudarlo.

–¡Correcto! –asentí con la cabeza mientras estrechaba su mano–. Me sorprende tu atino -sonreí.

–Créeme, no tiene nada de sorprendente. El profesor Tadeo tiene un fotografía tuya en su escritorio, así que… ¡te reconocí enseguida!

–Entiendo –sonreí un poco, como sucumbiendo y tratando de disimularlo. No era solo una mujer hermosa, también era afable, cálida, un... ángel. Le habría confiado mi vida en ese instante–. ¿Y cómo está el viejo? –continué tratando de atenuar el impacto.

–De maravilla. Tú lo conoces mejor que yo, es feliz en medio de su laboratorio redactando informes de sus últimas investigaciones. La ONU valora su trabajo, creo que es feliz.

–Sí, eso creo. Desearía haber entendido la fuente de esa felicidad cuando niño, me habría evitado uno que otro rencor ahora absurdo pero… a tan corta edad no puedes exigir a un ser humano que comprenda el abandono.

–Quizá será un tema sensible para ambos toda la vida, sin embargo,han avanzado mucho al respecto. Eres lo más importante para él, lo has sido siempre, desde que lo conozco no deja de jactarse de “ese hijo brillante que tiene en México”.

–¿Ah sí? Eso es una sorpresa para mí.

–¡Claro! Deja a un lado esa falsa modestia –sonrió.

Continuará…
Fabs