martes, 10 de mayo de 2011

Capítulo N. Ella, un ángel.

Hace algún tiempo compré un CD de música clásica. En el trayecto a casa, lo puse en el estéreo del coche y brinqué a la segunda pista: Vals en La Menor de la Op. 34 No. 2 de Chopin. Comenzó y robó todos mis sentidos, toda mi atención. Fue un detonador. De esas musas que de inmediato ponen una historia en la cabeza y al llegar a casa comencé a escribir.
En este blog deseo compartir el resultado. Si está dispuesto a leerlo, déjeme intentar envolverlo en el fondo inspirador y, como primer paso, vaya al siguiente link para escuchar como fondo musical de la lectura, esa pieza inspiradora. Repítala si es necesario para que le acompañe hasta el final del texto. Después, si algún efecto tuvo este ejercicio, me encantaría saberlo.Muchas gracias por detenerse y leer:

Música:

Capítulo N. Ella, un ángel.

Entramos en la casa. Yo la seguía a cierta distancia para no interferir en su asombro. Me percataba de cierta fascinación en su rostro mientras miraba de un lado a otro cada detalle en el trayecto a la estancia.

–Esta casona es hermosa y… ¡el piano! –dijo efusiva y volteó para mirarme. Me concedió su amplia sonrisa hasta ese momento reservada.
–Es de mi padre –aclaré levemente hipnotizado.
–Lo sé.
No dijo más y se acercó al piano para acariciarlo.
–Sí, me imagino. Por las historias que debió contarte el viejo, quizá conoces la casa entera con todo y escondrijos.
–Algo así –sonrió y se sentó en el banquillo frente al cansado instrumento.
–¿Te ofrezco algo de tomar?
–No, gracias, estoy bien.
Respondió sin mirarme y sin dejar de palpar el piano; sólo sus ojos sonreían.
–Entonces te dejo un momento. Subiré al estudio por los documentos de la asociación para que podamos revisarlos.

No se molestó en contestar, ni en asentir, ni en nada. Sólo contemplaba el piano.
Me encaminé hacia la escalera y me detuve un poco antes de subir. Volteé para mirarla sin que ella se percatara. Parecía hechizada por el piano. Sin el traje sastre que le daba esa apariencia de ángel ejecutivo, lucía aún más hermosa y menos inalcanzable. Subí aprisa y tomé los documentos del librero para enfilarme impaciente escalera abajo pero, a punto de pisar el primer escalón, escuché el sonido del piano y me detuve en seco. Conocía esa melodía, un vals de Chopin. La tocaba mi padre cuando yo era niño. Me sentaba junto a mi madre en la escalera para escucharlo. Parecía que el viejo piano, el que hacía tantos años nadie tocaba, la esperaba a ella. Me planté inmóvil aferrado al barandal, alimentando el alma. Aquella esencial melodía impregnó de un sentimiento antiguo y místico toda la casa; mi casa, la exterior, la interior. El ángel de ojos profundos era música también.

Como sacudido de un letargo, decidí bajar despacio sin hacer ruido, sintiéndome de nuevo un niño y, me detuve en la puerta de la estancia mientras la observaba de perfil. Me parecía distinguir un halo luminoso a su alrededor. Ella paseaba sus manos de mármol, largas y delgadas sobre las teclas. Cerraba los ojos, movía la cabeza y combinaba la expresión de su rostro con la música; consistente. Parecía una con el piano y, por momentos, dolerse también de algún recuerdo.

Algo me estallaba adentro. Los recuerdos o esta mujer… ¡mujer infinita! Mujer que me recordaba con sus manos danzando sobre el afortunado pero inconsciente piano, que yo era capaz de sentir. ¡Mujer! Mujer que con este gesto se convertía en un ángel… de nuevo.

Terminó de tocar y volteó para mirarme. Sabía que yo estaba ahí, inmóvil, de pie en algún sitio y con el alma triturada.

-Gracias… yo… no sé qué decir.
Fue lo único que logré articular. Ella me miraba con ternura, pero no le sorprendía mi reacción. La esperaba.
–Lorna, sabes lo que significa esa pieza para mí, ¿cierto?
–Lo sé –dijo de inmediato.
Evitó que yo explicara algo dulce y amargo, doloroso. Luego se levantó y avanzó despacio hacia mí.
–Tu padre la toca con frecuencia y, al terminar, suele decir algo como esto: “Esa melodía me recuerda a mi hijo. Algún día lo conocerás, Lorna, ¡tienes que conocer a Juan! ¡Es un muchacho sensacional!”.
Pronunció aquello imitando la voz del viejo y me arrancó una casi imperceptible sonrisa.
–Entonces... –continuó– sus ojos se llenan de luz y de una ligera tristeza también. Así, como los tuyos ahora.
Yo aún tenía esa melodía incrustada en mi cerebro. Sentí una punzada en el pecho y un infantil nudo en la garganta a punto de asfixiarme.
–No es malo llorar, Juan –remató Lorna.

Yo seguía inmóvil con la mirada perdida en el piano. Con los puños ligeramente apretados y también las quijadas, viajando todavía al pasado, a la escalera junto a mi madre contemplando a mi padre mientras tocaba el piano. Cerré los ojos para escurrir el alma. Lorna me abrazó como si me conociera de siempre. Al fin y al cabo de alguna forma era así. Me conocía de siempre gracias a mi padre. Parecía que su abrazo me liberaba del amargo rencor que sentí por él en la infancia. La abracé con angustia, con ansias, como si la conociera también de toda mi vida. Ahí estaba ella, otro ángel sin alas; el mío. Por unos instantes un ángel sólo mío. Con las palabras precisas, con el abrazo perfecto.

–Lo planeaste, ¿no es así? Me refiero a este momento –cuestioné casi seguro de su respuesta y sin dejar de abrazarla.
–Lo planeé hace años, sí. Aprendí a tocar el piano con esta intención.

La abracé más fuerte. ¿Por qué tomarse tantas molestias? Tanto tiempo preparándose con la intención de apenas unos minutos. Apenas un instante de mi pasado pero… ¡cuánto valió la pena! Ya no sabía si lloraba por mi padre o por ese gesto de cariño, o de humanidad. Me sentí culpable por mis celos hacia Lorna cuando la creía más hija de mi padre que yo.

–¿Por qué asumir esta misión? La de acercarme a mi padre –cuestioné apartándola un poco de mí para poder mirar su rostro.
–Por ti –dijo despacio.
Le era difícil sostener mi mirada o mi cercanía.
–Por tu padre que ha sido como mi padre –continuó tratando de vincular esa idea con la anterior– y… porque te aprecio desde siempre. ¡Tanto! Gracias a él. Crecí escuchando hablar de ti, de tus logros académicos, artísticos, deportivos…, en fin. De tu integridad, de tu inteligencia y también de tus locuras –sonrió con un dejo de melancolía–. “Lorna, tienes que conocer a Juan”, insistía tu padre una y otra vez. ¡Ven, sentémonos!

Y escapó de mis brazos para conducirme a la sala. Yo comenzaba a aborrecer la idea de que aquella mujer me veía como a un verdadero hermano.

–A veces me sentía motivada por tus triunfos. “¡Debo esforzarme! Seguramente Juan dominaría este idioma fácilmente”. Me presionaba yo misma.
–Me alegra que no supieras cuánto me disgustaban las clases de idiomas –aclaré el punto y reímos.
–Sí, también me alegro –sonrió encantadora.
–Me admirabas aun sin conocerme –dije con la intensión de mirar un poco en sus sentimientos.
–Sí, y no estaba equivocada. Ahora te conozco y me parece que debí admirarte más.
–¡No, no sigas! Comienzo a sentirme incómodo y estás siendo demasiado generosa.
Se hizo una pausa. Yo paseaba mis ojos discretamente entre los suyos y sus labios.
–Lamento tanto no haberte conocido antes. Me sentía celoso por tu cercanía con mi padre. Debo admitirlo.
–Ya no tiene importancia. Era normal dadas las circunstancias. Tu padre es todo lo que tengo. Es un hombre excepcional, ¿no crees?
–Agradezco tus esfuerzos por hacerme ver que el viejo es un gran hombre, y que no debo guardarle rencor. Ya lo he perdonado Lorna, hace mucho tiempo. Pero es difícil desarraigar ciertos sentimientos y recuerdos de un día para otro. Quizá nunca nos liberamos totalmente de ellos.
Se hizo otro silencio y nos miramos de fijo. Ahí, sentados uno junto al otro y con la respiración un poco desencajada.
–Me alegra que estés aquí, Lorna. Agradezco que estés aquí… a la vida.

Me acerqué a ella muy lentamente, sin saber qué fuerza sobrehumana contenía mi impulso por besarla. En mi alma agradecí también infinitamente a mi padre por enviarla a mi lado. Él lo sabía. Yo estaba seguro que mi padre sabía el trasfondo que esta mujer le daría a mi existencia. ¡Qué cerca de mí estaba ella! Sus ojos lo derrumbaban todo. Mi voluntad, mi fuerza. Le acaricié el rostro, la embebí en mis ojos a detalle para no olvidarla nunca.

–¡Ya es tarde y… tengo algo que hacer!
Se levantó repentinamente y buscó su bolsa. Huyó.
–Pe… pero, ¿a esta hora? Tú lo has dicho… ya es tarde. ¿Adónde vas?

Fabs


13 comentarios:

  1. snif snif snif, simplemente puedo decir que me recuerda que aún y a pesar de todo, siempre hay ángeles a nuestro alrededor para recordarnos que hay alguien que nos ama snif snif snif

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  2. La melodia realmente hermosa me parece llena de fuerza, resurgimiento y nostalgia, y la historia "divina" pude ver la casa, la escalera y el piano entre muchas otras cosas y detalles, pero definitavmente me hace recordar que Dios tiene un plan perfecto para cada uno de nosotros

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  3. DRa. hoy usted oficialmente siendo la 1:22 de la tarde me ha hecho llorar, mil gracias por esta obra mágica que a salido de sus manos.
    De la melodía que puedo yo decirle, es chopin, es música de esa que aun nos hace recordar que Dios suele bajar posarse en esas notas y hacernos notar que esta presente en todo.
    Bellisimo, simplemente bellisima la combinación.

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  4. A todos, gracias por leerme y por sus lindos comentarios.
    Un abrazo,
    Fabs

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  5. Dra. Fabs, tienes el gran talento de conducir inteligentemente al borde de tocar las fibras más sensibles del ser.............simplemente bello......constantemente nos percatamos que hay angeles sin alas que nos acompañan por ese grandioso viaje llamado vida y cuando tienen que abandonar el tren los añoras, pero lo más importante es, que te quedes con la mejor parte....con esos pedacitos de la pelicula con los que se construye la felicidad.....tengo aún ese nudo en la garganta de recordar a mi Mamá, y a mis hermanos que solo fisicamente ya no estan conmigo, pero que ahora la distancia ya no es problema....permanecen en mí.......
    Gracias por compartir este extraordinario capitulo.
    saludos cordiales
    Francis

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  6. Querida Fabiola, llegaste a la fibra más sensible de mi corazón con este magnífico relato. Por cierto, el vals de Chopin es magnífico. Muy buena elección.

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  7. Aquí Don Iván, mi estimada Fabiola.
    Lo que te puedo decir es que hoy me convierto en fan incondicional de tus letras; veo en tu relato que tienes una facilidad y un talento que muchos quisiéramos para plasmar imágenes y sentimientos en las letras.
    Y la melodía... bueno, que te digo, sencillamente magnífica. En verdad te felicito y te agradesco por compartir conmigo el relato.
    Un abrazo.
    Iván (@Earendel_)

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  8. Bellas notas inspiran bellas palabras.
    Y la historia que resulta nos seduce, nos vuela y nos incrusta sensaciones en alma dífiles de olvidar.
    Hermoso!!

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  9. Fabs, que sensibilidad tan inteligente! ...o que inteligencia tan sensible!!, muchas gracias por compartirnos este pedacito de inspiración. Eres muy talentosa, felicidades.
    Paola M.

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  10. ¡Amigos! Gracias a todos por sus hermosos comentarios. Por tomarse el tiempo de pasar y leer. ¡Vuelvan!
    Un abrazo,
    Fabs

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  11. Hay Fabis!! me encanto, ya la lei por segunda vez y me sigue gustando para volverla a leer otras tantas veces!!!!...

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  12. Guauuuuuu y usted quiere aprender a escribir? Lo haces hermoso, en serio es inspirador, me gusto y mucho. No dejes de escribir, lo haces bien y tienes el don.
    Felicidades
    Beatriz

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  13. Fabi, maravilloso, pude ver y sentir todo el entorno. Eres una estupenda escritora.

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