jueves, 1 de julio de 2010

Lolita Pianpianito en Utopía - Capítulo III. De vuelta a casa

Por Fabiola Torres Adame






Cuando la familia Pianpianito se percató de que la puerta estaba abierta, de inmediato cruzaron por su cabeza diferentes conclusiones respecto a Lolita:


–¡La niña se ha escapado! –dijo la mayor de las Risafuerte–, ¡debe tratarse de una travesura!


–¡Oh por Dios! –exclamó la Sra. Brisafresca, madre de Lolita–. ¿Y si la han raptado? –cuestionó al pelotón familiar que miraba boquiabierta hacia la puerta.


–¡Calma mujer! –pidió el Sr. Pianpianito–, debemos conservar la calma.


Entonces miró inquisitivamente a sus sirvientes y cuestionó:


–¿Quién fue el último que entró o salió por esa puerta?


Todos los empleados se miraban unos a otros y nadie respondía.


–¡Cómo!, ¿nadie responde?


Lupito se atrevió a contestar finalmente.


–Señor, si mal no recuerdo, los últimos en salir por esa puerta fueron los cargadores de los instrumentos musicales y las provisiones para la fiesta.


–¡Oh! –gritó la Sra. Brisafresca llevándose las manos a la boca para ahogar el grito, y se dirigió corriendo hacia la puerta seguida por todo el séquito que buscaba a Lolita.


–¡Lupito, pronto! –dijo el Sr. Pianpianito–. Reúne a todos los peones y busquen por los alrededores, ¡también deben localizar a esos cargadores!


Se organizó la comitiva de búsqueda, el Sr. Pianpianito dio parte a la policía, y la Sra. Brisafresca y el resto de las mujeres seguían buscando en cada recoveco de la casa, con la esperanza de encontrar a Lolita escondida en alguna parte.


Mientras tanto en casa de la familia Buendía, cuando el baúl que contenía a Lolita se abrió y quedó liberada junto con su fiel Camilo y los juguetes de la caja, la niña sonrío y se levantó de un salto.

–¡Hola, soy Lolita! –dijo sonriente.


Las pequeñas Sol y Luna se ocultaron detrás de su madre, sorprendidas, y clavaron sus ojitos redondos en Lolita, embargadas de una gran emoción.


–¡Por Dios, niña! ¿Qué haces ahí? –preguntó la Sra. Buendía con asombro, en tanto Sol dejaba el escondite detrás de su madre para acercarse a Lolita, y Luna, al ver la reacción de su hermana, la siguió también.


–Me asomé al baúl y me quedé atrapada –contestó Lolita sin inmutarse.


–Pero… Lolita –dijo el Sr. Buendía preocupado, mientras se arrodillaba frente a ella tomándola por los brazos para verla de cerca–, ¡tus padres deben estar muy preocupados! ¿Cómo llegaste hasta el camión? Debes ser hija de los señores Pianpianito, ¿no es así?


–Sí –respondió Lolita, y enseguida miró a Sol y Luna que continuaban observándola con curiosidad.


–¡Tenemos que devolver a esta niña a su casa! –imploró la Sra. Buendía–. Su familia debe estar buscándola por todas partes.


–Sí, arreglaremos la llanta del camión y la llevaré cuanto antes.


Sr. Buendía partió con su compañero de trabajo, y la Sra. Brisafresca llevó a sus hijas y a Lolita con Camilo, dentro de la casa. Lolita no perdía detalle de todo lo que ocurría y veía. Se sentía asombrada. Era una casa muy pequeña y modesta, totalmente distinta al lugar donde ella vivía, rodeada de todas las comodidades; apenas cabían los muebles.


–Lolita, ¿te gustaría ayudarnos a preparar la comida? –preguntó la Sra. Brisafresca.


–¡Sí! –contestó de inmediato. Era la primera vez que la hacían partícipe de las labores de casa.


La Sra. Buendía involucraba a sus hijas y a Lolita en los preparativos. Preguntaba a sus hijas sobre las tareas de la escuela aún pendientes, y recordaban anécdotas de la semana pasada, cuando fueron al río a pescar. Lolita las escuchaba muy alegre, se sentía feliz de poder ayudar y de ser tomada en cuenta. Le agradaba el cariño con que la señora les hablaba a sus hijas y cómo besaba sus mejillas.




–Lolita, ¿adónde vas de paseo con tus papas? –preguntó Sol.


–A ninguna parte. Papá trabaja mucho, casi nunca está en casa, y mamá tiene muchas visitas que atender. Yo juego con Camilo en el jardín. A veces juega conmigo la abuela, o Martina y Lupito, ellos trabajan en mi casa.


–¿Vas al parque? –preguntó Luna con su tierna vocecita.


–No. Mamá dice que es peligroso.


–Cuéntanos sobre tu escuela, Lolita –preguntó la Sra. Buendía.


–No voy a la escuela, –dijo con tristeza y continuó–, tengo tres profesoras que van a la casa y me dan lecciones.


–Entonces… ¿no juegas con otros niños? –dijo Sol asombrada.


–A veces, cuando las amigas de mamá llevan a sus hijos a casa –contestó Lolita levantando los hombros.


La Sra. Buendía notó el desánimo de Lolita y se percató de que en realidad, era una niña solitaria, así que desvió el tema de conversación y pidió a las tres niñas que prepararan la mesa. Colocaron unos vasos de plástico sobre la mesa y unas cucharas para tomar la sopa. En seguida fueron al patio a lavarse las manos y jugueteaban sonrientes por todas partes.




El Sr. Buendía apareció en la puerta con su compañero de trabajo, listos para llevar a Lolita de regreso a su casa, pero la Sra. Buendía que veía el entusiasmo de Lolita divirtiéndose con sus hijas, sugirió que antes de partir comieran todos juntos. Así, se sentaron en torno a la mesa y la Sra. Buendía sirvió una modesta pero deliciosa comida, que hizo rendir para todos los comensales. Lolita platicaba divertida sobre el ajetreo que encontró en su casa por la mañana.


–Creo que habrá una fiesta, es mi cumpleaños –anunció sin mayor entusiasmo mientras mordía un trozo de pan.


–¡Felicidades Lolita! – dijo la Sra. Buendía.


–¡Sí, felicidades! Enfatizaron los demás y le dieron un cálido abrazo. Lolita se sentía muy contenta, eran las primeras felicitaciones que recibía y de un momento a otro, se convirtió en parte de aquella familia.


Siguieron conversando por un rato más mientras terminaban la comida, hasta que el Sr. Buendía anunció que era momento de partir.



–¡Vamos Lolita! Es hora de volver a casa. No debemos prolongar por más tiempo la angustia de tus padres.


–¿Puedo quedarme un poco más? –preguntó esperanzada.


El señor y la señora Buendía se miraron.

Aquella familia representaba para Lolita una inmensa alegría, una especie de sueño utópico. Tenía con quien jugar y se sentía importante. Esa unidad familiar, el afecto, la compañía y la atención que había experimentado, eran casi nuevos para ella. Se encontraba complacida, y habría preferido cambiar su inmensa casa con jardín y todos sus juguetes, por un hogar sencillo pero unido y alegre como el de los Buendía.




–¡Lolita, debes volver a casa! –dijo con ternura la Sra. Buendía–, tus padres estarán muy preocupados.


–¡Vamos Lolita! –concluyó el Sr. Buendía que se levantaba de la silla. Lolita se despidió de la señora y de sus nuevas amigas.


–¡Vengan todos a mi fiesta! –dijo Lolita de pronto, efusivamente– ¡Por favor! –suplicó después.


–¡Sí mami, sí! –dijo Sol.


–¡Yo también quiero ir a la fiesta! –señaló Luna.


–Bueno… yo no sé si sea prudente –comentó la Sra. Buendía mientras miraba a su esposo buscando una respuesta.


–¡Por favor! –insistió Lolita y la súplica fue conmovedora.


Después de unos segundos en que el señor y la señora Buendía parecían ponerse de acuerdo con la mirada, finalmente se anunció la resolución.



–¡Está bien! –dijo el Sr. Buendía– Subamos todos al camión y acompañemos a Lolita hasta su casa.



De esta forma, toda la familia Buendía se encaminó a la casa de los Pianpianito. Durante el trayecto, Sol y Luna cantaban canciones que Lolita aprendió rápidamente, y que la Sra. Buendía también coreaba con ellas. Faltaba poco para llegar, cuando vieron a lo lejos que algunas patrullas se encontraban fuera de la casa de Lolita.



–¿Qué pasa?, ¿por qué hay tanta gente en mi casa?, ¿también van a mi fiesta? –preguntó Lolita inocentemente.


–No Lolita –aclaró el Sr. Buendía–, se trata de la policía, seguramente están ayudando a tus padres a buscarte.


El camión se estacionó fuera de la cada de Lolita y los peones lo rodearon de inmediato. Se abrió la puerta y Lolita salió como una tromba en busca de sus padres.


–¡Papá, Mamá! –gritó Lolita y cruzó el jardín hasta la puerta interior de la casa. Ahí se encontraban sus padres conversando con un policía.


–¡Hija, hija mía! –corrió la Sra. Brisafresca para abrazarla, y la colmó de besos–. ¿Pero dónde estabas?, ¿estás bien? ¡Mi niña! ¡Estábamos tan preocupados!


El Sr. Pianpianito corrió también junto a Lolita y la abrazó.


–¡Estoy bien! –dijo finalmente la niña–. ¡Vengan conmigo! Tengo invitados para mi fiesta.


Y condujo a sus padres a la entrada principal, donde se encontraba la familia Buendía esperándolos para dar una explicación, y arreglar el asunto con la policía. El Sr. Buendía relató lo ocurrido y se disculpó por la tardanza. Explicó el cambio de llanta y la comida que quisieron compartir con Lolita, antes de regresarla a casa. Los Pianpianito les agradecieron el haber cuidado y regresado a su hija sana y salva.


Así, los Buendía fueron los invitados especiales de Lolita, y pronto los hicieron pasar a la casa para brindarles especiales atenciones. Lolita relató todo lo que había ocurrido desde que subió al camión, hasta que regresó a éste para volver a casa en medio de cantos.


Los Pianpianito pronto se dieron cuenta de la humildad y la unión familiar de los Buendía, y de cómo Lolita se sentía atraída por ello y simpatizaba con sus invitados. Entonces comprendieron secretamente, que Lolita había vivido al margen de la vida laboral y social de sus padres, y que necesitaba convivir con ellos y tener una vida más normal, como la de cualquier niña que comparte el día con sus padres, que va a la escuela y tiene amigos.




Los Pianpianito se sentían muy agradecidos con los Buendía, por la lección que sin proponérselo les habían dado. Para demostrar su agradecimiento, los Pianpianito les ofrecieron apoyarlos con los estudios de sus hijas, y al Sr. Buendía le ofrecieron un muy buen empleo en el negocio familiar, lo que le permitiría dar a su familia una mejor calidad de vida.


Después de afinar detalles sobres los nuevos proyectos familiares y laborales que emprenderían ambas familias, todo quedó listo para comenzar la gran fiesta de cumpleaños. Los invitados fueron llegando y Lolita se divirtió como nunca con Sol y Luna, y con el resto de los niños invitados.


A partir de ese día la vida de Lolita cambió, se sintió más feliz y más integrada a su familia. Convivía más tiempo con sus padres y compartían actividades educativas y de esparcimiento. Lolita había alcanzado ese sueño utópico que descubrió en casa de los Buendía, familia con la que los Pianpianito construyeron una sólida amistad.


Fin

8 comentarios:

  1. "Lolita Pianpianito" que buena historia, excelente me encanto, he tenido la oportunidad de leer varios cuentos para niños debido a que tengo dos sobrinas de 9 y 4 años y este es encantador muy bueno, Fabs felicidades!!!!

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  2. Marianita, pues me da mucho gusto, así que, si lo cuentas a tus sobrinos, la retroalimentación me dará mucho gusto, del tipo que sea.
    Un saludo y gracias por tomarte el tiempo.
    Fabs

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  3. mUCHas gracias por tan hermosa historia, Fabiola! :]
    Los niños nos enseñan muchas lecciones que luego no sabemos ver. ¡Que bueno que los padres de Lolita aprendieron de esa experiencia! :]

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  4. Hector,
    Al contrario, muchas gracias por su visita y amable nota. Si algún día tengo hijos, espero tener presente el mensaje del cuento.
    Un gran saludo hasta su casa de palabras mágicas,
    Fabs

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  5. Rosario Velàzquez9 de julio de 2010, 9:41

    Me encantò la historia y ya amo a Lolita, que hermoso cuento. Muchas Felicidades.

    Se lo contarè a Diego :)

    Por cierto soy Chayo, la esposa de Heriberto Rivera y amiga de Fany, quien me pasò la liga.

    Saludos y espero pronto tener el cuento en mis manos :)

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  6. Rosario:

    Muchas gracias por visitar este espacio, eres bienvenida siempre que lo desees. Gracias también por tomarte el tiempo de leer esta historia, y porque la compartirás con Diego, ojalá le guste y me hagas llegar los pormenores.

    Te recuerdo perfectamente, espero haya oportunidad de estrechar el vínculo.

    Te dejo un saludo afectuoso para ti y tu familia,
    Fabs

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  7. Dra. FABS, muy buen cuento. El mensaje me llegó como anillo al dedo en estos tiempos en que una se divide en tantos asuntos q suene dejar de lado a los hijos. Y me llegó además como anillo al dedo porque hoy finalmente tuve un cuento maravilloso que contarle a mi hija en su día (hoy es día del niño en Venezuela). Doblemente gracias.

    La Piedra

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