viernes, 9 de julio de 2010

La Villa Longín: Visita a los abuelos

Por Fabiola Torres Adame




Llegaron alrededor de las 8:00 hrs., el autobús los dejó al lado de la carretera, justo a la entrada de la Villa Longín, y el viejo y ruidoso transporte siguió su curso hacia Huipa dejando escapar una columna de humo negro. El sol saliente ahuyentó el frescor de la mañana e invitó a los pequeños Pibis y Chack a despojarse de sus suéteres tan pronto hubieron tocado tierra; acto frustrado por una indicación de Nani, su madre, quien no consideró conveniente el matinal despojo para evitarles un resfriado.


Para Pibis y Chack, visitar a los abuelos paternos los domingos, se convirtió en la experiencia semanal que rompía la rutina. Sus padres los alistaban muy temprano, poco antes de las 7:00 hrs., para tomar la primera salida del autobús y aprovechar el día. Al llegar al camión, después de reñir un poco sobre quién ocuparía el asiento junto a la ventana para curiosear a lo largo del trayecto, terminaban por disfrutar cada uno el paisaje a su manera.


La pequeña Pibis de cinco años, espiaba cada tramo del camino buscando la aparición esporádica de alguna ardilla cruzando la carretera o saltando entre las flores lilas y amarillas que adornaban ambos lados del camino, como enmarcándolo y delimitando las verdes milpas y los espacios empanizados por sorgo. Esperaba con ansias ver el montículo con apariencia piramidal alfombrado por verde pasto, que tanto le recordaba a los monumentos egipcios vistos por televisión o en el libro de su tía materna Fina, el que algún día pudo ojear y mostraba en la portada una de estas magníficas construcciones. Miraba fijamente mientras colocaba sus manitas sobre el marco de la ventana y sus enormes ojos abiertos en señal de asombro, buscaban no perder un solo instante la enigmática figura; entonces imaginaba que debajo del pasto "alguien" escondía una pirámide misteriosa y que cuando ella creciera, iría allá y se encargaría de develarla. Después de esta aparición, sabía que no faltaba mucho para llegar al "rancho", como solían referirse en casa al hablar de la Villa Longín, y le saltaba algo adentro que la hacía estremecerse y apretar un poco las manos; eso que aprendió de los adultos, se llama emoción.


Chack, su hermano mayor de nueve años, interrumpía de vez en vez las profundas meditaciones de Pibis para mostrarle hallazgos naturales en el camino, como árboles torcidos o graciosas figuras en las nubes, hasta que Pibis se sumaba a sus descubrimientos y entonces competían por encontrar las mejores formas o por ser el primero en descubrir alguna ardilla al lado del camino.


Cuando bajaron del autobús, Pibis se asió de la mano de su padre, Don Agustín, conocido por sus amigos de la Villa Longín como "el Rojo"; por alguna anécdota de juventud. Cruzaron la carretera y tomaron la calle que los conduciría a la plaza, donde encontrarían provisiones para almorzar con los abuelos.


La calle era lodosa por las constantes lluvias y esto los obligaba a buscar pequeñas piedras en el camino entre las cuales saltar para evitar los charcos. Pibis libraba los tramos más difíciles porque Don Agustín la llevaba en brazos para evitarle el lodazal. Los cantos de los gallos y las aves se escuchaban por todas partes cual si fuera un comité de bienvenida. Esto llamaba la atención de los niños, pues en su pueblo no se presentaba aquel concierto con tan generosa orquesta.


Durante la caminata, las mujeres que barrían las banquetas y los señores que tomaban el sol sentados en las cercas, saludaban cálidamente a Doña Nani y al Rojo, asunto divertido para Pibis, quien recibía parte de los saludos en su manifestación de apretones de mejillas.


Al llegar a la plaza, la niña podía bajar sin temor a que sus zapatitos blancos con puntas raspadas se enlodaran. Chack soltaba la mano de Nani y entonces juntos exploraban la zona cercana a sus padres, pues todo les resultaba fuera de lo común. Las personas que reconocían a sus padres -que eran muchas- los saludaban de mano, con una palmadita en la espalda o con una revoltura de pelo para Chack, por que las dos coletas de Pibis no permitían ese saludo.


En la Villa Longín, todos los hombres adultos usaban sombrero. Por ser domingo, la gente portaba su mejor atuendo y ello se reflejaba incluso en este accesorio. Las señoras no se quedaban atrás, se les veía con sus mejores rebozos comprando el almuerzo en los diferentes puestos: el de carnitas, el de menudo, uno más allá con chicharrones de cerdo o de res. También se les veía en la tortillería, en la frutería o en la farmacia. Los chicharrones de res eran los favoritos de Don Agustín y hacía allá se dirigían en busca del exquisito manjar, que en la Villa Longín sólo se consigue los domingos muy temprano, pues su éxito es tal, que a las 9:00 hrs. los enormes casos de cobre están vacíos.


Terminaron las compras y se encaminaron hacia la calle empedrada al lado derecho de la plaza. ¡Qué hubo Rojo! Gritó un buen amigo y todos se detuvieron a saludar. Ese era el momento apropiado para escapar, pensaron Pibis y Chack mirándose con complicidad, y soltando las manos de sus padres salieron disparamos compitiendo para alcanzar el arroyito al final de la calle.


-¡Nos vamos adelantando! -Advirtió Chack y huyeron.


Sus padres les siguieron al poco rato a paso lento y sin perderlos de vista. Pibis no podía igualar el paso de Chack y tampoco estaba acostumbrada a correr sobre el empedrado, entre más apresuraba sus pasos, sentía que caería sobre las piedras, así que prefirió disminuir la velocidad cuando llegó a la siguiente esquina.


-¡Adiós niña! -Gritó Domi desde el interior de una pequeña tienda justo en la esquina.


Pibis la escuchó pero no se detuvo, sabía que sus padres también la saludarían y quiso tomar ventaja de ello para curiosear en "la casa de la bruja", que estaba cerca.


La "casa de la bruja", como ella la llamaba, tenía una pequeña ventanilla empotrada en una ventana mayor, en la que apenas cabía la mitad de su carita. Esta ventaja correspondía a una habitación de aquella casa, siempre en la penumbra, lo que le daba el lúgubre encanto. Se asomó con precaución y antes de poder identificar algún objeto, un ruido sordo se escucho del interior y se alejó corriendo hacia el final de la calle para alcanzar el arroyito. De Chack no había señales, seguramente se encontraba ya en casa de los abuelos.


¡Pibis! -Gritó Nani desde la tienda de Domi-. ¡Ven, espera hija!


El llamado de Nani rompió el suspenso en que se hallaba Pibis, mientras contemplaba a través de la ventanita y, aunado este hecho a la repentina presencia de “la bruja”, que cruzaba el umbral del cuarto al que daba la ventana, hicieron que Pibis diera un salto y un grito, echándose a correr enseguida hacia la casa de los abuelos.


Continuará…

 
Imagen tomada de: http://rsta.pucmm.edu.do/ciudad/bellapart/pic_obras/YoryiMorel/rancho%20con%20flamboyan.jpg


4 comentarios:

  1. No sé por qué pero a Pibis, me la imaginmo una Fabiolita... ja! ¿Cuándo continúa? Te encanta dejarnos picados...

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  2. Jeje, es mera coincidencia Miss. =)
    Ya platicaré con esa pinga a ver qué hazañas se le ocurren. =)
    Un saludote, Fabs.

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  3. Favor de no tenernos mucho es ascuas!!

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  4. Gracias por hacerme recordar esos dias de fiesta en Villalongín, disfrute mucho cuando paseaba con tu prima, es la historia de tu niñez, bellos momento!!! Felicidades.

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