martes, 27 de julio de 2010

Una hermosa llamada perdida

Misteriosas cosas me ocurrieron hoy. Entró una llamada a mi teléfono de oficina, descolgué el auricular y había una grabación, era la voz de Jaime Sabines recitando un poema de Pablo Neruda; el siguiente fragmento:

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo...


Entonces se cortó la grabación. Yo estaba algo así como en shock, nunca hubiera imaginado que me contestarían: Secretaría de Educación Pública ¿con quién desea hablar? Pe... pero... yo no marqué, pensé. Me limité a decir, muy desconcertada: perdón, está equivocado, y colgué.

Fue una sacudida hermosa y azarosa. ¿Coincidencia? No lo sé. Resulta que, Jaime Sabines es mi poeta favorito, ¡me fascina! Y el poema 20 de Pablo Neruda, es entrañable, de mis predilectos; específicamente ese fragmento, es el más sentido. ¿Cómo vinieron a conjugarse estas coincidencias? 

 ¡Quien sea que perdió esa llamada, gracias, me hizo muy feliz!

Fabs

lunes, 26 de julio de 2010

Literaria intimidad



Saqué un libro de la biblioteca de la Universidad, luce en perfecto estado, es nuevo. Mi registro en la ficha de devolución es el primero, así que este libro está siendo leído por primera vez; por mí. Hay algo de literaria intimidad en esto, la misma intimidad que experimentamos, quizás, cuando permitimos a otros seres humanos “leer algo” de nosotros, por primera vez.

Fabs



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domingo, 25 de julio de 2010

Mis primeros amores

Cuando era pequeña, me perdía en algún rincón de mi casa, por largo rato, con un libro en las manos. Miraba las imágenes e inventaba lo que contarían sus letras a partir de aquellos dibujos, pues no sabía leer. También recuerdo que mis juguetes favoritos eran una libreta y una bolsa de lápices y colores, aunque no sabía escribir; pero pronto llegó el remedio.


A los 5 años, por azares del destino y una mala profesora de kinder, me aceptaron en la primaria aun sin tener la edad estipulada. Fui la primera de mi grupo que aprendió a leer y escribir. La profesora me prestó una vez su material, el abecedario en pequeños cuadros de cartulina, para repasar una lección con algunos de mis compañeros por la tarde, en mi casa. Aquello marcó mi vida, pronto me di cuenta de cuánto amaba las letras, creo que ese fue mi segundo amor, luego vendrían otros, entre ellos los números y las estrellas.

El primer amor, ése lo entregué a la música; a los dos años ya cantaba de manera… digamos, decorosa. Mi primera canción, según me cuentan, fue para mi abuelita que se encontraba en fase terminal, y yo, dicen, le cantaba "Chiquitita" (ABBA); desearía con todo el corazón poder recordarlo, debió ser hermoso, aunque triste, pues mi madre y mis tías lloran cada vez que lo recuerdan.

Hay cosas que no sé si reprochar o agradecer a mi memoria, pero lo que guarda, me recuerda gratamente aquellos primeros amores y, de algo estoy segura, ¡siempre he amado la vida!

Fabs

sábado, 24 de julio de 2010

Elegir

Y finalmente, ¿qué sé yo de sandías? Poco, sin embargo, tengo la capacidad casi sobrenatural de elegirlas; desearía lo mismo en otros planos.
Fabs


Imagen tomada de: http://brujuladeviajes.files.wordpress.com/2009/01/foto-numero-00022.jpg

Tú lejos y yo aquí

Y así,
tú lejos y yo aquí,
al pasar el tiempo
seré tan poco,
que lloraré migas

Fabs





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viernes, 23 de julio de 2010

Lo dije

Un día, durmiendo, dije tu nombre.
Nadie escuchó, pero sé que lo dije,
porque al despertar me sabías en los labios.

Fabs

jueves, 22 de julio de 2010

Estiramiento


Estiré tanto el cuerpo para alcanzarte,
que mi corazón quedó incrustado entre las costillas.

Fabs 

martes, 20 de julio de 2010

sábado, 17 de julio de 2010

Otrora

Cálida, temperamental, furtiva.
Otrora esquiva y emblemática amante.
Soberbia, lejana, de autista miseria,
te miro renuente volcada en ternura.
Fabs

sábado, 10 de julio de 2010

Despierta

Cántame,
escríbeme,
grítame,
extráñame,
bésame,
abrázame,
fórmame
con cachitos
de tu alma,
luego mírame
y... despierta.

Fabs

viernes, 9 de julio de 2010

La Villa Longín: Visita a los abuelos

Por Fabiola Torres Adame




Llegaron alrededor de las 8:00 hrs., el autobús los dejó al lado de la carretera, justo a la entrada de la Villa Longín, y el viejo y ruidoso transporte siguió su curso hacia Huipa dejando escapar una columna de humo negro. El sol saliente ahuyentó el frescor de la mañana e invitó a los pequeños Pibis y Chack a despojarse de sus suéteres tan pronto hubieron tocado tierra; acto frustrado por una indicación de Nani, su madre, quien no consideró conveniente el matinal despojo para evitarles un resfriado.


Para Pibis y Chack, visitar a los abuelos paternos los domingos, se convirtió en la experiencia semanal que rompía la rutina. Sus padres los alistaban muy temprano, poco antes de las 7:00 hrs., para tomar la primera salida del autobús y aprovechar el día. Al llegar al camión, después de reñir un poco sobre quién ocuparía el asiento junto a la ventana para curiosear a lo largo del trayecto, terminaban por disfrutar cada uno el paisaje a su manera.


La pequeña Pibis de cinco años, espiaba cada tramo del camino buscando la aparición esporádica de alguna ardilla cruzando la carretera o saltando entre las flores lilas y amarillas que adornaban ambos lados del camino, como enmarcándolo y delimitando las verdes milpas y los espacios empanizados por sorgo. Esperaba con ansias ver el montículo con apariencia piramidal alfombrado por verde pasto, que tanto le recordaba a los monumentos egipcios vistos por televisión o en el libro de su tía materna Fina, el que algún día pudo ojear y mostraba en la portada una de estas magníficas construcciones. Miraba fijamente mientras colocaba sus manitas sobre el marco de la ventana y sus enormes ojos abiertos en señal de asombro, buscaban no perder un solo instante la enigmática figura; entonces imaginaba que debajo del pasto "alguien" escondía una pirámide misteriosa y que cuando ella creciera, iría allá y se encargaría de develarla. Después de esta aparición, sabía que no faltaba mucho para llegar al "rancho", como solían referirse en casa al hablar de la Villa Longín, y le saltaba algo adentro que la hacía estremecerse y apretar un poco las manos; eso que aprendió de los adultos, se llama emoción.


Chack, su hermano mayor de nueve años, interrumpía de vez en vez las profundas meditaciones de Pibis para mostrarle hallazgos naturales en el camino, como árboles torcidos o graciosas figuras en las nubes, hasta que Pibis se sumaba a sus descubrimientos y entonces competían por encontrar las mejores formas o por ser el primero en descubrir alguna ardilla al lado del camino.


Cuando bajaron del autobús, Pibis se asió de la mano de su padre, Don Agustín, conocido por sus amigos de la Villa Longín como "el Rojo"; por alguna anécdota de juventud. Cruzaron la carretera y tomaron la calle que los conduciría a la plaza, donde encontrarían provisiones para almorzar con los abuelos.


La calle era lodosa por las constantes lluvias y esto los obligaba a buscar pequeñas piedras en el camino entre las cuales saltar para evitar los charcos. Pibis libraba los tramos más difíciles porque Don Agustín la llevaba en brazos para evitarle el lodazal. Los cantos de los gallos y las aves se escuchaban por todas partes cual si fuera un comité de bienvenida. Esto llamaba la atención de los niños, pues en su pueblo no se presentaba aquel concierto con tan generosa orquesta.


Durante la caminata, las mujeres que barrían las banquetas y los señores que tomaban el sol sentados en las cercas, saludaban cálidamente a Doña Nani y al Rojo, asunto divertido para Pibis, quien recibía parte de los saludos en su manifestación de apretones de mejillas.


Al llegar a la plaza, la niña podía bajar sin temor a que sus zapatitos blancos con puntas raspadas se enlodaran. Chack soltaba la mano de Nani y entonces juntos exploraban la zona cercana a sus padres, pues todo les resultaba fuera de lo común. Las personas que reconocían a sus padres -que eran muchas- los saludaban de mano, con una palmadita en la espalda o con una revoltura de pelo para Chack, por que las dos coletas de Pibis no permitían ese saludo.


En la Villa Longín, todos los hombres adultos usaban sombrero. Por ser domingo, la gente portaba su mejor atuendo y ello se reflejaba incluso en este accesorio. Las señoras no se quedaban atrás, se les veía con sus mejores rebozos comprando el almuerzo en los diferentes puestos: el de carnitas, el de menudo, uno más allá con chicharrones de cerdo o de res. También se les veía en la tortillería, en la frutería o en la farmacia. Los chicharrones de res eran los favoritos de Don Agustín y hacía allá se dirigían en busca del exquisito manjar, que en la Villa Longín sólo se consigue los domingos muy temprano, pues su éxito es tal, que a las 9:00 hrs. los enormes casos de cobre están vacíos.


Terminaron las compras y se encaminaron hacia la calle empedrada al lado derecho de la plaza. ¡Qué hubo Rojo! Gritó un buen amigo y todos se detuvieron a saludar. Ese era el momento apropiado para escapar, pensaron Pibis y Chack mirándose con complicidad, y soltando las manos de sus padres salieron disparamos compitiendo para alcanzar el arroyito al final de la calle.


-¡Nos vamos adelantando! -Advirtió Chack y huyeron.


Sus padres les siguieron al poco rato a paso lento y sin perderlos de vista. Pibis no podía igualar el paso de Chack y tampoco estaba acostumbrada a correr sobre el empedrado, entre más apresuraba sus pasos, sentía que caería sobre las piedras, así que prefirió disminuir la velocidad cuando llegó a la siguiente esquina.


-¡Adiós niña! -Gritó Domi desde el interior de una pequeña tienda justo en la esquina.


Pibis la escuchó pero no se detuvo, sabía que sus padres también la saludarían y quiso tomar ventaja de ello para curiosear en "la casa de la bruja", que estaba cerca.


La "casa de la bruja", como ella la llamaba, tenía una pequeña ventanilla empotrada en una ventana mayor, en la que apenas cabía la mitad de su carita. Esta ventaja correspondía a una habitación de aquella casa, siempre en la penumbra, lo que le daba el lúgubre encanto. Se asomó con precaución y antes de poder identificar algún objeto, un ruido sordo se escucho del interior y se alejó corriendo hacia el final de la calle para alcanzar el arroyito. De Chack no había señales, seguramente se encontraba ya en casa de los abuelos.


¡Pibis! -Gritó Nani desde la tienda de Domi-. ¡Ven, espera hija!


El llamado de Nani rompió el suspenso en que se hallaba Pibis, mientras contemplaba a través de la ventanita y, aunado este hecho a la repentina presencia de “la bruja”, que cruzaba el umbral del cuarto al que daba la ventana, hicieron que Pibis diera un salto y un grito, echándose a correr enseguida hacia la casa de los abuelos.


Continuará…

 
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martes, 6 de julio de 2010

La indeseable idea

Algo liberador


Absurda y mal lograda idea, ¡insólita! ¡Haberme creído vencedora! Qué estúpida y minúscula comedia, pedir al tiempo curarme de esa pena.

Valentona, sarcástica e inflexible idea, fanfarrona, parásita, insondable y ruin. Cruel, hechiza y lisonjera anemia, infausto el escondrijo cerebral en que la parí.

Fabs

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Sin palabras

Para el amigo HM, gracias.

Compartiré que, cuando escribo, suelo proyectar a los extremos las emociones propias, ajenas o inventadas (quizás ya lo había dicho). Me parece que en los extremos la sensibilidad nos habla fantásticamente. Hoy llevo al extremo una emoción personal, quizás también podría identificarse alguien con ella, de alguna manera.


Sin palabras




El mismo mundo que me mantiene hablando con voz fuerte, gritando sus bendiciones, sus maldiciones, su belleza; ese mismo me absorbe hoy y me reduce al silencio, me exige concentración, me amplia sus demandas, externas e internas, pero, no significa que he sucumbido, no me gobierna a contentillo, a fin de cuentas, ese mundo es mío, lo he creado yo, recto o retorcido. No estoy muda; nunca muda, sólo me ha conferido un nuevo y temporal espacio. Otras misiones, otra reprimenda de emociones y, me resolví sin palabras por un día. En mi aparente contrariedad, empero, alguien notó mi momentánea ausencia. Ese amigo me escupió sobre el orgullo un par de líneas cuestionando, motivando, y yo viré en mí, agradecida.

Fabs

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lunes, 5 de julio de 2010

Amo ese baile

Creo que "escribir", es danzar con las ideas, primero, después, con las palabras.
Es llevarlas de un lado a otro buscando un acomodo armónico y fiel.
Amo ese baile.

Fabs

sábado, 3 de julio de 2010

Profundo - fragmento

Era sólo una ilusión sin esperanza
que pasó como un día de abril;
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueños que despertaron
me robaron el corazón.
 
(George Owell - Novela 1984)

jueves, 1 de julio de 2010

¡No te vayas!


Ella: ¡Hola, cuánto tiempo! ¡Qué coincidencia…!


Él: Hola… ¡mucho tiempo, sí! Tú estás… igual, te ves… muy bien, tal como te recordaba.


Ella: ¿Ah sí?, ¡¿me… recordabas?!

  • Él: Nunca dejé de recordarte, ¡cómo! Es tan claro todavía que… Yo te miré aquel día, fue capricho del destino o su voluntad. Apareciste con el rostro abierto, libre, cálido, relajado. ¡Bastó tan poco!, como suele ser, para reconocerte. Al pasar de los años quedan mil preguntas, ¿sabes?, y pocas respuestas, ni siquiera certeras. Que nos lo explique el cielo, que lo reproche el tiempo. Esta vida no supone un final, sólo un avance en la trama. Y yo… yo te amaré siempre, te amo, de hecho, desde siempre. Te espero en la siguiente vuelta, de la lluvia, del viento o de la vida. Te espero en mi alma que es reflejo de la tuya, en mis ansias que no mueren, como muero yo.

Ella: ¿¡Te sientes bien!?, ¿me escuchas?


Él: ¡Eh, perdón! Sí… me distraje en mis pensamientos...


Ella: Descuida, me decías que… me recordabas...


Él: ¡Oh, sí! Es cierto… yo, te recuerdo algunas veces. Sigo en contacto con algunas personas en común y… bueno, eso es todo.


Ella: Entiendo. Bien pues… me voy. Me dio gusto saludarte.


Él: Igualmente, ¡suerte!


Ella: Sí... adiós.

...

Él: ¡Oye! Espera… quisiera decirte que…, no, pedirte que… ¡por favor no te vayas! ¡No de nuevo!


Fabs

Lolita Pianpianito en Utopía - Capítulo III. De vuelta a casa

Por Fabiola Torres Adame






Cuando la familia Pianpianito se percató de que la puerta estaba abierta, de inmediato cruzaron por su cabeza diferentes conclusiones respecto a Lolita:


–¡La niña se ha escapado! –dijo la mayor de las Risafuerte–, ¡debe tratarse de una travesura!


–¡Oh por Dios! –exclamó la Sra. Brisafresca, madre de Lolita–. ¿Y si la han raptado? –cuestionó al pelotón familiar que miraba boquiabierta hacia la puerta.


–¡Calma mujer! –pidió el Sr. Pianpianito–, debemos conservar la calma.


Entonces miró inquisitivamente a sus sirvientes y cuestionó:


–¿Quién fue el último que entró o salió por esa puerta?


Todos los empleados se miraban unos a otros y nadie respondía.


–¡Cómo!, ¿nadie responde?


Lupito se atrevió a contestar finalmente.


–Señor, si mal no recuerdo, los últimos en salir por esa puerta fueron los cargadores de los instrumentos musicales y las provisiones para la fiesta.


–¡Oh! –gritó la Sra. Brisafresca llevándose las manos a la boca para ahogar el grito, y se dirigió corriendo hacia la puerta seguida por todo el séquito que buscaba a Lolita.


–¡Lupito, pronto! –dijo el Sr. Pianpianito–. Reúne a todos los peones y busquen por los alrededores, ¡también deben localizar a esos cargadores!


Se organizó la comitiva de búsqueda, el Sr. Pianpianito dio parte a la policía, y la Sra. Brisafresca y el resto de las mujeres seguían buscando en cada recoveco de la casa, con la esperanza de encontrar a Lolita escondida en alguna parte.


Mientras tanto en casa de la familia Buendía, cuando el baúl que contenía a Lolita se abrió y quedó liberada junto con su fiel Camilo y los juguetes de la caja, la niña sonrío y se levantó de un salto.

–¡Hola, soy Lolita! –dijo sonriente.


Las pequeñas Sol y Luna se ocultaron detrás de su madre, sorprendidas, y clavaron sus ojitos redondos en Lolita, embargadas de una gran emoción.


–¡Por Dios, niña! ¿Qué haces ahí? –preguntó la Sra. Buendía con asombro, en tanto Sol dejaba el escondite detrás de su madre para acercarse a Lolita, y Luna, al ver la reacción de su hermana, la siguió también.


–Me asomé al baúl y me quedé atrapada –contestó Lolita sin inmutarse.


–Pero… Lolita –dijo el Sr. Buendía preocupado, mientras se arrodillaba frente a ella tomándola por los brazos para verla de cerca–, ¡tus padres deben estar muy preocupados! ¿Cómo llegaste hasta el camión? Debes ser hija de los señores Pianpianito, ¿no es así?


–Sí –respondió Lolita, y enseguida miró a Sol y Luna que continuaban observándola con curiosidad.


–¡Tenemos que devolver a esta niña a su casa! –imploró la Sra. Buendía–. Su familia debe estar buscándola por todas partes.


–Sí, arreglaremos la llanta del camión y la llevaré cuanto antes.


Sr. Buendía partió con su compañero de trabajo, y la Sra. Brisafresca llevó a sus hijas y a Lolita con Camilo, dentro de la casa. Lolita no perdía detalle de todo lo que ocurría y veía. Se sentía asombrada. Era una casa muy pequeña y modesta, totalmente distinta al lugar donde ella vivía, rodeada de todas las comodidades; apenas cabían los muebles.


–Lolita, ¿te gustaría ayudarnos a preparar la comida? –preguntó la Sra. Brisafresca.


–¡Sí! –contestó de inmediato. Era la primera vez que la hacían partícipe de las labores de casa.


La Sra. Buendía involucraba a sus hijas y a Lolita en los preparativos. Preguntaba a sus hijas sobre las tareas de la escuela aún pendientes, y recordaban anécdotas de la semana pasada, cuando fueron al río a pescar. Lolita las escuchaba muy alegre, se sentía feliz de poder ayudar y de ser tomada en cuenta. Le agradaba el cariño con que la señora les hablaba a sus hijas y cómo besaba sus mejillas.




–Lolita, ¿adónde vas de paseo con tus papas? –preguntó Sol.


–A ninguna parte. Papá trabaja mucho, casi nunca está en casa, y mamá tiene muchas visitas que atender. Yo juego con Camilo en el jardín. A veces juega conmigo la abuela, o Martina y Lupito, ellos trabajan en mi casa.


–¿Vas al parque? –preguntó Luna con su tierna vocecita.


–No. Mamá dice que es peligroso.


–Cuéntanos sobre tu escuela, Lolita –preguntó la Sra. Buendía.


–No voy a la escuela, –dijo con tristeza y continuó–, tengo tres profesoras que van a la casa y me dan lecciones.


–Entonces… ¿no juegas con otros niños? –dijo Sol asombrada.


–A veces, cuando las amigas de mamá llevan a sus hijos a casa –contestó Lolita levantando los hombros.


La Sra. Buendía notó el desánimo de Lolita y se percató de que en realidad, era una niña solitaria, así que desvió el tema de conversación y pidió a las tres niñas que prepararan la mesa. Colocaron unos vasos de plástico sobre la mesa y unas cucharas para tomar la sopa. En seguida fueron al patio a lavarse las manos y jugueteaban sonrientes por todas partes.




El Sr. Buendía apareció en la puerta con su compañero de trabajo, listos para llevar a Lolita de regreso a su casa, pero la Sra. Buendía que veía el entusiasmo de Lolita divirtiéndose con sus hijas, sugirió que antes de partir comieran todos juntos. Así, se sentaron en torno a la mesa y la Sra. Buendía sirvió una modesta pero deliciosa comida, que hizo rendir para todos los comensales. Lolita platicaba divertida sobre el ajetreo que encontró en su casa por la mañana.


–Creo que habrá una fiesta, es mi cumpleaños –anunció sin mayor entusiasmo mientras mordía un trozo de pan.


–¡Felicidades Lolita! – dijo la Sra. Buendía.


–¡Sí, felicidades! Enfatizaron los demás y le dieron un cálido abrazo. Lolita se sentía muy contenta, eran las primeras felicitaciones que recibía y de un momento a otro, se convirtió en parte de aquella familia.


Siguieron conversando por un rato más mientras terminaban la comida, hasta que el Sr. Buendía anunció que era momento de partir.



–¡Vamos Lolita! Es hora de volver a casa. No debemos prolongar por más tiempo la angustia de tus padres.


–¿Puedo quedarme un poco más? –preguntó esperanzada.


El señor y la señora Buendía se miraron.

Aquella familia representaba para Lolita una inmensa alegría, una especie de sueño utópico. Tenía con quien jugar y se sentía importante. Esa unidad familiar, el afecto, la compañía y la atención que había experimentado, eran casi nuevos para ella. Se encontraba complacida, y habría preferido cambiar su inmensa casa con jardín y todos sus juguetes, por un hogar sencillo pero unido y alegre como el de los Buendía.




–¡Lolita, debes volver a casa! –dijo con ternura la Sra. Buendía–, tus padres estarán muy preocupados.


–¡Vamos Lolita! –concluyó el Sr. Buendía que se levantaba de la silla. Lolita se despidió de la señora y de sus nuevas amigas.


–¡Vengan todos a mi fiesta! –dijo Lolita de pronto, efusivamente– ¡Por favor! –suplicó después.


–¡Sí mami, sí! –dijo Sol.


–¡Yo también quiero ir a la fiesta! –señaló Luna.


–Bueno… yo no sé si sea prudente –comentó la Sra. Buendía mientras miraba a su esposo buscando una respuesta.


–¡Por favor! –insistió Lolita y la súplica fue conmovedora.


Después de unos segundos en que el señor y la señora Buendía parecían ponerse de acuerdo con la mirada, finalmente se anunció la resolución.



–¡Está bien! –dijo el Sr. Buendía– Subamos todos al camión y acompañemos a Lolita hasta su casa.



De esta forma, toda la familia Buendía se encaminó a la casa de los Pianpianito. Durante el trayecto, Sol y Luna cantaban canciones que Lolita aprendió rápidamente, y que la Sra. Buendía también coreaba con ellas. Faltaba poco para llegar, cuando vieron a lo lejos que algunas patrullas se encontraban fuera de la casa de Lolita.



–¿Qué pasa?, ¿por qué hay tanta gente en mi casa?, ¿también van a mi fiesta? –preguntó Lolita inocentemente.


–No Lolita –aclaró el Sr. Buendía–, se trata de la policía, seguramente están ayudando a tus padres a buscarte.


El camión se estacionó fuera de la cada de Lolita y los peones lo rodearon de inmediato. Se abrió la puerta y Lolita salió como una tromba en busca de sus padres.


–¡Papá, Mamá! –gritó Lolita y cruzó el jardín hasta la puerta interior de la casa. Ahí se encontraban sus padres conversando con un policía.


–¡Hija, hija mía! –corrió la Sra. Brisafresca para abrazarla, y la colmó de besos–. ¿Pero dónde estabas?, ¿estás bien? ¡Mi niña! ¡Estábamos tan preocupados!


El Sr. Pianpianito corrió también junto a Lolita y la abrazó.


–¡Estoy bien! –dijo finalmente la niña–. ¡Vengan conmigo! Tengo invitados para mi fiesta.


Y condujo a sus padres a la entrada principal, donde se encontraba la familia Buendía esperándolos para dar una explicación, y arreglar el asunto con la policía. El Sr. Buendía relató lo ocurrido y se disculpó por la tardanza. Explicó el cambio de llanta y la comida que quisieron compartir con Lolita, antes de regresarla a casa. Los Pianpianito les agradecieron el haber cuidado y regresado a su hija sana y salva.


Así, los Buendía fueron los invitados especiales de Lolita, y pronto los hicieron pasar a la casa para brindarles especiales atenciones. Lolita relató todo lo que había ocurrido desde que subió al camión, hasta que regresó a éste para volver a casa en medio de cantos.


Los Pianpianito pronto se dieron cuenta de la humildad y la unión familiar de los Buendía, y de cómo Lolita se sentía atraída por ello y simpatizaba con sus invitados. Entonces comprendieron secretamente, que Lolita había vivido al margen de la vida laboral y social de sus padres, y que necesitaba convivir con ellos y tener una vida más normal, como la de cualquier niña que comparte el día con sus padres, que va a la escuela y tiene amigos.




Los Pianpianito se sentían muy agradecidos con los Buendía, por la lección que sin proponérselo les habían dado. Para demostrar su agradecimiento, los Pianpianito les ofrecieron apoyarlos con los estudios de sus hijas, y al Sr. Buendía le ofrecieron un muy buen empleo en el negocio familiar, lo que le permitiría dar a su familia una mejor calidad de vida.


Después de afinar detalles sobres los nuevos proyectos familiares y laborales que emprenderían ambas familias, todo quedó listo para comenzar la gran fiesta de cumpleaños. Los invitados fueron llegando y Lolita se divirtió como nunca con Sol y Luna, y con el resto de los niños invitados.


A partir de ese día la vida de Lolita cambió, se sintió más feliz y más integrada a su familia. Convivía más tiempo con sus padres y compartían actividades educativas y de esparcimiento. Lolita había alcanzado ese sueño utópico que descubrió en casa de los Buendía, familia con la que los Pianpianito construyeron una sólida amistad.


Fin