miércoles, 30 de junio de 2010

Lolita Pianpianito en Utopía - Capítulo II. El trayecto a Utopía


Por Fabiola Torres


Agradezco especialmente a Andrea Bautista de 13 años, por su amable contribución para la continuidad de esta historia.

Capítulo II. El trayecto a Utopía




 Lolita se trasladó al fondo del camión, movida por la curiosidad que le despertó un enorme baúl de aspecto antiguo y rústico. Dejó al osito Camilo en el piso mientras meditaba cómo abriría ese mueble siendo sus manos tan pequeñas.

 
–¡Lo lograremos Camilo! –resolvió.

A punto de intentarlo, los cargadores azotaron las puertas traseras del camión para cerrarlas. Lolita, sobresaltada por el estruendo, se arrojó al piso y quedó encogida junto al baúl envuelta en la oscuridad. Aguardó unos segundos y a tientas buscó a Camilo.

–¡No te asustes! –dijo mientras lo jalaba por la oreja para abrazarlo–. ¡Debemos ser valientes! Ya somos grandes y no hay por qué temer a la oscuridad. Eso dice la abuela Mati.


Lolita parpadeo algunas veces tratando de adaptarse a la penumbra, hasta que pudo distinguir la silueta burda de las cajas y otros objetos a su alrededor. Ya más confiada intentó levantarse cuidadosamente; el camión comenzaba su marcha y el movimiento la hacía perder el equilibrio. Una vez en pie, se colocó frente aquel baúl más alto que ella y trató de rodearlo con sus brazos extendidos, pero no pudo abarcarlo, así que debió asirse con su mano derecha de una abertura que encontró a un lado del baúl, justo arriba de la agarradera de metal, y con su mano izquierda se aferró a la parte superior. Al hacerlo, tocó un pequeño orificio.

–¡Aquí hay algo curioso Camilo! Parece que el baúl tiene un defecto –advirtió mientras introducía sus deditos índice y medio.


Lolita presionó la superficie poco profunda de la extraña abertura, y se activó un mecanismo que levantó la tapa del baúl por completo, y lentamente abrió la parte frontal. Lolita gritó y dio un salto hacia atrás estampándose en la caja del camión.

–¡Chispas! –soltó una carcajadita producto de la emoción–. ¡¿Viste eso Camilo?! ¡Wow!

El camión tomó una curva y Lolita debió mantenerse inmóvil para no caer, sin dejar de mirar el misterioso objeto que se abría lentamente. Cuando el camino se volvió recto, la tapa frontal ya estaba completamente abierta, entonces corrió hacia el baúl para ver su contenido. Apoyó sus manitas en los bordes y se inclinó. Los ojos de Lolita se abrieron al máximo al descubrir que el baúl guardaba algunas muñecas y otros juguetes antiguos, de aspecto muy distinto al que estaba acostumbrada.


–¡Qué bonitos! –dijo mientras percibía ese olor peculiar que tienen los objetos guardados por mucho tiempo, similar al que despedía la cómoda de la abuela Mati.


Lolita se sentó dentro de baúl para revisar su contenido. Lo que más llamaba su atención eran las muñecas de trapo con rostros coloridos de porcelana y hermosos vestidos largos. Por dentro, el baúl tenía algunos dibujos, pero la oscuridad no le permitía distinguirlos con claridad. Por largo rato Lolita siguió inspeccionando los juguetes mientras compartía con Camilo sus hallazgos. De pronto, el camión se detuvo abruptamente y todo en el interior se sacudió, también el baúl y sus huéspedes. Esta sacudida activó el mecanismo del baúl y comenzó a cerrarse, sin que diera tiempo a Lolita para escapar. El camión se detuvo por completo y dos cargadores abrieron la caja del camión.


–Ya que estamos a unos cuantos pasos de mi casa –dijo el Sr. Buendía–, aprovecharé para dejar el baúl a mis hijas, y después cambiaremos la llanta ponchada. ¡Ayúdame por favor! –pidió a su compañero. El Sr. Buendía colocó las cajas para subir al camión y se trasladaron al fondo.


–¡Caramba! ¡No recuerdo que el baúl pesara tanto! –exclamo el Sr. Buendía mientras levantaban el baúl por las agarraderas de metal en los costados.

Con dificultad bajaron el gran mueble, mientras tanto, una mezcla de emoción y duda inundaba a Lolita. Tenía el deseo de gritarles que estaba atrapada en el baúl para que pudieran liberarla, pero a la vez se sentía emocionada por formar parte de una fantástica aventura. Así que, optó por guardar silencio y ver qué ocurriría.


En tanto los cargadores transportaban el baúl hacia una pequeña casa hecha de adobe y tejas, Lolita se acomodaba en el interior del baúl para asomarse por la rendija del baúl. Al cabo de algunos minutos, los cargadores exhaustos pusieron el mueble en el piso y la puerta de la casa se abrió. Salieron como tromba las dos hijas del Sr. Buendía para recibirlo, y se echaron gustosas en sus brazos. La Sra. Buendía lo saludó también amorosamente.

–¿Qué es esto papá?, ¿qué nos has traído? –pregunto la pequeña Sol de cinco años.


–¡Qué bonito! –exclamó su hermanita Luna de cuatro.


–¡Es una casa de muñecas! –contestó el Sr. Buen día–. La Sra. Jovita, de la casona del valle, se las envía como regalo; era de sus nietas.

Lolita no perdía detalle de la conversación, y observaba con simpatía a las niñas Buendía. Decidió que era momento de hacerse notar y que finalmente la liberaran de la casa de muñecas.


–¡Hola, déjenme salir! –gritó con voz amable pero firme, mientras agitaba su manita por la rendija del baúl.


–¡Ah! –gritaron la Sra. Buendía y sus hijas Sol y Luna. El Sr. Buendía y su compañero también dieron un salto por la impresión.


–¡Hola! –saludó nuevamente Lolita con cordialidad–. Camilo y yo estamos atrapados, ¡queremos salir! –gritó.


De inmediato el Sr. Buendía activó el mecanismo del baúl, y la casa de muñecas se abrió, dejando al descubierto a la sonriente Lolita y su fiel Camilo, rodeados de muñecas y sus accesorios.


Mientras tanto, en casa de los Pianpianito continuaban los preparativos para la celebración. Los adornos invadieron la estancia y, la Sra. Brisafresca, madre de Lolita, supervisaba los últimos detalles.


–¡Subiré a la habitación! –dijo la Señora–. Deseo felicitar a mi pequeña. –Y ordenó a Lucita la cocinera que el desayuno estuviera dispuesto en media hora.


La Sra. Brisafresca entró a la habitación. Lolita no estaba en cama, así que la buscó en el baño, en el armario, debajo de la cama, tras las cortinas, ¡en todas partes! Pero la niña no apareció. Se dirigió aprisa a la sala, luego a la cocina, y a todos preguntó si la habían visto pero, nadie supo nada. El Sr. Pianpianito, padre de Lolita, organizó de inmediato una comitiva de sirvientes para buscarla. Pronto circularon por la casa como gallinas despavoridas, las Risafuerte, la Puenteviejo, Lupito y el resto de los empleados. La Sra. Brisafresca salió al jardín y buscó en todas direcciones, hasta llegar a la fuente. Nerviosa, frotaba una mano contra la otra y continuaba gritando el nombre de Lolita hacia un lado y otro, hasta que, de pronto, observó el sospechoso desayuno que la niña había dejado en el borde de la fuente.

–¡Vengan pronto!, ¡vengan por favor! –gritó sosteniendo la evidencia en sus manos y todos acudieron al llamado. –¡Miren! Es el desayuno de Lolita.


–¿Quién preparó este pan con miel? –vociferó el Sr. Pianpianito levantando el plato, mientras miraba uno a uno a sus sirvientes, pero todos movieron la cabeza en señal de negación. Después de unos segundos, Lupito rompió el silencio.


–¡Señor, mire! –Y señaló la entrada a la casa–. ¡La reja está abierta!


–¡Oh! –exclamaron todos al unísono y se encaminaron a la entrada.

Continuará…

2 comentarios:

  1. ¡Me encantan los nombres de todos!

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  2. Gracias Don Rodrigo, por la visita y comentario. Me gusta usar nombres compuestos y algo divertidos :).
    Un saludo,
    Fabs

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