lunes, 31 de mayo de 2010

Mantén el vuelo


-Bien, entonces ponte de pie, despliega las alas al máximo, levanta el rostro al cielo y elévate. Sal de aquí y pasea por la ciudad, respira todo el aire que necesites y sacude con ímpetu tus alas, hasta que todas tus emociones, tus vicios, tus miedos y hasta tus músculos hayan encontrado su lugar. Después regresa y concéntrate en lo importante, ¡deja ya de gritar por todas partes que algo te falta! ¿¡Qué te falta!?


-Sí, tienes razón, daré una vuelta por ahí... ¡es sólo que..!


-¿Otra vez el mismo argumento? ¡Deja el tema por la paz y vuela! ¡Anda, vete ya y regresa con el alma despejada!

-¿Y si no puedo volver?

-Entonces mantén el vuelo. Todo irá bien, te lo aseguro.

-¿Volar por siempre?

-Volar lo necesario.

Fabs
 
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jueves, 27 de mayo de 2010

Si pudiéramos convertirnos en algo distinto

Muy probablemente le ha pasado que, una mañana se levanta deseando cambiar tajantemente alguna cosa, aspecto o situación de su vida. Más aún, quizás le ha sucedido que un buen día desea cambiar usted mismo, pero cambiar completamente para experimentar cosas distintas, cosas que bajo el “traje de ser humano” no ha podido experimentar. A mí me ha sucedido, y supongo que también a la mayoría de los seres humanos.

A veces el insomnio, el ocio o simplemente “cambiar de canal”, nos invita a elucubrar, y yo, como otras veces, me pregunté lo que querría ser si no fuera un ser humano. Vienen a la mente muchas cosas, pero siempre de forma recurrente las que más me atraen, u otras nuevas que se cuelan para desplazar a las antiguas opciones. Luego me dio curiosidad por saber qué querría ser la gente a mi alrededor si no fuera un ser humano. Así me di a la tarea de preguntar a mis amigos y conocidos de manera personal, por Messenger, Facebook o WindowsLive, lo siguiente:


Si pudieras convertirte en algo distinto de un ser humano, ¿qué serías?

60 personas participaron[1] (29 hombres y 31 mujeres). Para algunos fue motivo de pensar por un rato lo que querrían ser; quizás no se lo habían preguntado antes, o lo hicieron hacía tiempo y para estos días se antojaba repensarlo. Algunos manifestaron “no es una pregunta fácil”, pero al final, decir por qué se convertirían en tal o cual cosa, resultó fácil.

Este ejercicio fue muy interesante para mí, en primer lugar, porque me permitió conocer algo especial de mis afectos y, en segundo, identificar las coincidencias de esta pequeña muestra.

De los 60 amigos y conocidos, la mayoría (65% - 39 personas) optó por convertirse en un animal, ya fuera real o ficticio, y el 38% (23 personas) se transformaría en otra cosa o en algún ser.

En cuanto a los animales reales:


· 14 personas (7 hombres y 7 mujeres), manifestaron su deseo por ser un animal alado[2], predominando el águila y el halcón por una o varias de las siguientes razones: deseo de volar, sentirse libres, ver el horizonte desde otra perspectiva, así como por sus habilidades para conseguir alimento, su visión y su astucia.
· 8 individuos optaron por ser un delfín (4 hombres y 4 mujeres), porque les gusta estar en el agua, es un animal inteligente, libre, noble, amoroso y ágil.
· 5 de mis amigos y conocidos optaron por los felinos, ya que son independientes, limpios, inteligentes, bonitos y disfrutan la vida sin preocupaciones.
· 5 personas manifestaron su deseo por convertirse en perros, ya sea por su fidelidad, porque son incondicionales y/o útiles.
· Un menor número optaron por: caballo (2), camello (1), oso (1), ratón (1) y animal veloz (1).
En lo que respecta a los animales ficticios, 1 persona señaló se convertiría en dragón (por grande y volador), y otra en un pegaso.

Cosas y otros seres
El 38% de la muestra (23 personas) expresó su deseo por ser:
a) Avión (2 casos); significando para una de estas personas, conocer muchos lugares y además con vista panorámica.
b) Aire (2); para uno de los casos, porque da vida.
c) Cometa (1), para recorrer la inmensidad del universo.
d) Estrella (2); una de las dos personas la eligió porque brilla por sí misma.
e) Árbol (2); uno de los casos desearía ser un árbol que creciera muy alto y pudiera percibir tranquilamente sin ninguna prisa el sol, la lluvia, que estuviera acompañado del cantar de los pájaros y de la diversión de las ardillas; a la otra persona le gustaría ser un árbol frondoso que creciera junto a un lago, por el simple hecho de poder ser mudo testigo de confesiones, discusiones, declaraciones y muchas emociones, así como refugio y casa de muchos seres vivos.
f) 7 amigos más se convertirían respectivamente en: una moto o un carro para correr más rápido, en un libro best seller, un instrumento musical, una deliciosa taza de café, en parte de un acantilado, en un diamante (por bello, codiciado, deseado y valioso), y en un neutrino, pues sería testigo del nacimiento y muerte del universo y ni siquiera sentiría pasar el tiempo... además no interactuaría con nada, sólo sería un observador.

Por otra parte y echando a volar la imaginación, algunos amigos eligieron otros seres (quizás sobre una base en parte humana, pero no exclusiva), por lo que también se consideraron en este ejercicio. Así, tenemos que 3 personas desean ser ángeles, 2 eligieron ser hadas, también se manifestó un hombre lobo y un “vulcano” (como en la serie “viaje a las estrellas”).

En conclusión, repasando estos resultados caí en varias reflexiones; la más importante que deseo compartir, gira en torno a que la mayoría de mis amigos y conocidos de esta muestra, se convertirían en un animal o ser alado, así como en un delfín. El “porqué”, me parece manifiesta de alguna forma el deseo de libertad: de volar, de encumbrarse, de verlo todo desde arriba, desde otra perspectiva, de moverse en el aire o en el agua sin obstáculos. ¿Por qué se antoja la libertad?, ¿será que la mayoría de los seres humanos nos convertiríamos en algo que supone libertad? Y si fuera así, ¿será porque nos resistimos a abandonarla seamos lo que seamos? O… ¿será que no nos sentimos totalmente libres en nuestro traje de ser humano?, ¿por qué?

A propósito, si yo pudiera convertirme en algo distinto de un ser humano, elegiría entre: 1) el aire, para viajar por todas partes a mi antojo, casi sin obstáculos; para elevarme, para ser furia a veces, otras, calma. Para acompañar a la lluvia, al fuego, a la tierra, y a los seres humanos; para llevarles mensajes; y 2) desearía transformarme en un abrazo amoroso, de esos que se dan cuando más los necesitas, cuando no los esperas, inclusive. Un abrazo que tal vez no resuelva el problema de nadie, pero que lo mitigue, que devuelva la esperanza, la confianza. Un abrazo amoroso que diga, “yo te quiero, y estoy contigo”.


¡GRACIAS A TODOS LOS PARTICIPANTES!

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[1] Algunos proporcionaron hasta 2 o 3 opciones y, la mayoría expresó el porqué se convertiría en la opción señalada.
[2] Águila, halcón, pájaro, mariposa, ave.

sábado, 22 de mayo de 2010

¿Qué diremos?


Me abrocho el cinturón de seguridad bajo encomienda de la azafata. Volteo a mi izquierda e identifico a mi compañero de asiento que se dispone a dormir. Lamento que él esté en la ventanilla y que ninguno de los dos disfrutará el paisaje.

Algunas filas adelante, una mujer provocativamente vestida seduce a su joven compañero de asiento. Ella se ha hecho notar desde que arribó a la sala de espera; todas las especies se engalanan de una forma u otra para llamar la atención, reflexiono. ¿Cuál es mi forma de llamar la atención?, me pregunté. Vienen a mi cabeza un par de cosas pero… no, no son las mismas estrategias de aquella mujer voluptuosa y de apariencia notable.

En la fila de atrás, un sacerdote anima a un joven para que visite con mayor frecuencia a su esposa e hijos. La turbulencia mueve el pequeño avión y mi temor y mis creencias religiosas, agradecen que a bordo, justo detrás de mí, se encuentre aquel hombre de Dios.

Me tranquilizo y me concentro en un par de temas para mi clase de la tarde. Repaso mi check list mental y extraigo algunas hojas de mi bolso para repasar durante el vuelo. En el par de asientos a un lado mío, viaja una pareja adulta. De nuevo reflexiono y me admiro de las relaciones que prosperan y, vuelvo a mis hojas de repaso.

No veo la tierra pero sí las nubes. Vuelo yo misma dentro de mí. ¿Cómo estás? Desearía saberlo. Pienso que quizás un día me toparé contigo en algún aeropuerto y… ¿qué diremos?

Sí, te echo de menos.

Fabs

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domingo, 16 de mayo de 2010

Soñó

En cascada su espesa melena de oscuridad
por la abertura causal de la cortina se hizo una luz
bajó de golpe por su frente e inundó sus párpados
escurrió en sus pestañas, circundó sus cuencas
amuralló esos ojos de paja seca; de insurrección
Dejó de la luz el beso sin remilgar
oyó el silencio como un zumbido constante
pensó algún ruego y después, no hay qué pensar
privó la mente por breve espacio y se confortó
volvió elocuente, más lúcida y perspicaz
¡Suéñame al menos!, dijo la voz; la tenue y expectante
la misma que trajo el viento días atrás
¡Suéñame al menos! ¡Cuánta insistencia!
Soñó pues con jardines y cascadas; con su mirar
con sus manos cálidas y anchas, su respirar
Volvió al pasado esperanzador con prisa
volteó los ojos inquietos, buscándolo
lo halló apoyado en la roca y en su sonrisa
detuvo el tiempo, lo halló en la brisa y se delató
Se vio vestida de tela fina, tocó sus formas un resplandor,
tendió sus brazos como llovizna, besó su frente la nueva luz
llevó conciencia a su mente hechiza, abrió los ojos, la despertó
Quedó callada, muy pensativa, trajo a su mente lo que soñó
pensó en sus ojos y en su sonrisa, miró despacio a su alrededor
corrió completa aquella cortina; miró la vida, se levantó

Fabs

miércoles, 12 de mayo de 2010

Viajes en el tiempo: "El Faraón"

A propósito de una plática que tuve hoy con "el periquillo de enmedio", sobre libros y viajes en el tiempo, recordé el que realicé hace más de un año, y cuya "bitácora de viaje" capturé en otro blog. Hoy la rescato y la dejo aquí, tal cual:

Esta mañana al levantarme, releí rápidamente el prólogo de un libro que, a pesar de haberlo leído hace pocos años, olvidé a ciencia cierta de qué se trata (odio que esto me ocurra). Sólo recuerdo a grandes rasgos que la historia resultó contraria a mis expectativas, y me pareció que algunas tragedias no debieron serlo tanto. Y no es que la historia sea mala en sí misma -no me atrevería a opinar por todos los lectores-, sino que al ser la continuación de un original tan fascinante, eso de escribir una segunda parte debería pensarse más seriamente. Hablo de “La mano del muerto”, presentada como la continuación de "El Conde de Montecristo" (bueno, una de tantas).

Confieso que cuando tuve por primera vez en mis manos “La mano del muerto” (aunque suene tétrico), se apoderó de mí una ensoñación pues ansiaba saber más de aquella fantástica historia, y es que el Conde de Montecristo se me antojaba interminable pero, hoy me atrevo a expresar que obras como ésta quizás no deberían continuarse, aunque uno no esté de acuerdo con el final o con ciertos episodios, o aunque los lectores estén ávidos de más historia y signifique ganancias monetarias; bueno, quizás bastaría no leerlas, en todo caso.
El prólogo antes mencionado, cita que en realidad Alejandro Dumas marcaba las pautas generales de las historias, y otros se encargaban de escribirlas dando él los últimos toques (no hablaré ahora de la revolución interna que esto me produjo desde que lo supe). En el caso de "El Conde de Montecristo", se atribuye la mayor contribución al escritor Auguste Maquet y, echando las neuronas al vuelo, trataba de imaginar cómo sería trabajar con el maestro Dumas, así que… abrí mi caja utópica y viajé en el tiempo:


Primer acto
París, 1844. Un estudio con varios libreros de vitrina repletos, pilas de documentos distribuidos por todas partes, en algunos de los cuales se apreciaban las anotaciones y correcciones del maestro Dumas, quien se encuentra detrás de su escritorio leyendo el último capítulo del Conde de Montecristo publicado en el diario.

A. Dumas: Adelante por favor.

M. Fabé: Maestro, con permiso –apenas entra al estudio y se detiene junto a la puerta. Lleva un vestido largo color vino, corset café oscuro, manga larga de escarola, el cabello recogido debajo de un sombrero de ala ancha, y botines de gamuza exportados del siglo XXI, imperceptibles a causa del vestido. Sus manos sostienen al frente una pequeña bolsa negra de encaje. Sonríe, por fin conoce al gran escritor y se siente privilegiada de ser recibida.

A. Dumas: ¡Acérquese, acérquese! Tome asiento –hizo un ademán y apenas levantó los ojos para verla entrar, se concentró nuevamente en el diario y una vez terminada la lectura, la miró inquisitivamente mientras frotaba con la mano su barbilla–. Y dígame… –busca un papelito sobre su escritorio que lee enseguida- Mademoiselle Fabé, ¿verdad? –ella asiente– ¿qué opina del Conde de Montecristo?, ¿ha leído la crítica de hoy?

M. Fabé: ¡La novela es fascinante, maestro! –contestó de inmediato y se reacomodó hacia delante en su asiento, adoptando una pose participativa–. Creo que el Conde es un personaje enigmático, muy interesante y supongo que debe ser apuesto –los actores de cine y televisión que lo han caracterizado, no han sido los más indicados, pensó–. La crítica de hoy era de esperarse, la gente está ávida por leer cada capítulo, creo que ha sido una estrategia formidable esa de distribuirlos en el diario. Si me lo permite, deseo externarle que lo hasta hoy escrito sobre el Conde de Montecristo, bien podría plantearse a la luz de…

A. Dumas: Eh… disculpe –-frunció el seño–, me temo que va muy de prisa.

M. Fabé: ¡Oh! Sí… perdón –se reacomodo hacia atrás en su asiento.


A. Dumas: Así que pretende colaborar con nosotros. Y dígame, ¿qué experiencia tiene?

M. Fabé: Bueno pues… no mucha, es decir, un poco aquí y otro poco allá. Escribí un par de obras cortas para teatro, algo de poesía (si así puede llamársele), una novela en proceso y, algunos cuentos; ninguno publicado. Sí… no es mucho pero, todos merecemos una oportunidad. El Conde de Montecristo trascenderá por siglos.

A. Dumas: ¿Ahora me dirá que es adivina, y que además pretende inmiscuirse en la trama del Conde de Montecristo?

M. Fabé: ¡No, no! Es decir, no soy adivina. Sobre lo segundo, sería un regalo maravilloso para mi existencia. Un sexto sentido me dice que esta obra será todo un suceso, y me sentiría honrada de formar parte de ello, no importa que sólo sean un par de líneas, maestro.

A. Dumas: Es usted extraña y utiliza un lenguaje bastante peculiar, pero me agrada –sonríe mientras consulta la hora en su reloj de bolsillo (ese cuya cadena asoma en la foto de Wikipedia)–. ¿Sabe que mis colaboradores son excelentes escritores, verdad?

M. Fabé: ¡Oh sí! Lo sé. No aspiro siquiera a compararme, sólo aspiro a unas dos o tres líneas, si me da la oportunidad.

A. Dumas: ¿Conoce a Monsieur Maquet?

M. Fabé: He escuchado hablar sobre él, aunque no tengo el gusto de conocerlo personalmente.

A. Dumas: No tardará en llegar, él se encargará del próximo capítulo. En cuanto llegue acordaremos la trama a seguir y… le daré la oportunidad que me pide, Mademoiselle, veremos cuál es su aportación a la propuesta de Maquet.

M. Fabé: ¡Muchísimas gracias! –por su mente cruzaron otras palabras como “wow”, “yupi”, “yes”, “ya estuvo”, etc.

A. Dumas: ¡Aguarde! Eso no significa que se incluirá en la publicación o algo parecido, ¿de acuerdo?

M. Fabé: ¡Estamos entendidos!

Cuando M. Maquet llegó al estudio, el maestro retomó el último episodio escrito, a fin de indicar la continuidad que tendría la historia, y explicó al escritor el experimento que pretendía con M. Fabé.

A. Dumas: En el último episodio, el Conde de Montecristo al saber que “El faraón” había naufragado (embarcación que Monsieur Morrel esperaba hacía varios días con el cargamento de mercancías que le salvaría de la bancarrota), mandó construir en secreto una embarcación idéntica para devolverle la estabilidad económica a M. Morrel, en agradecimiento a los favores que cuando joven recibió de él, y al apoyo que brindó a su padre cuando estaba solo. Sabemos que el Conde de Montecristo en su caracterización del agente de la casa Thomson y French, salva del suicidio a M. Morrel enviando en el bolso que pertenecía a Edmund Dantés, el pagaré con la cuantiosa suma, finiquitado. Ahora bien, tomen nota, en el próximo episodio: mientras la hija explica a M. Morrel cómo consiguió aquél bolso que le devolvía la vida, “El faraón” llega a puerto y es informado por su hijo y un asistente en medio de gritos, júbilo y rostros atónitos. Todos acuden al puerto, los familiares, amigos y el pueblo entero que sabía sobre el naufragio del Faraón. Así es como este hecho milagroso lo atribuyen a la providencia. El Conde de Montecristo mira desde lo lejos la conmovedora escena, está satisfecho con el resultado, y decide emprender la búsqueda de sus enemigos para cumplir su venganza.

Resolvieron algunas dudas y precisaron hechos. M. Maquet y la visitante se marcharon, al día siguiente se reunieron nuevamente en casa del maestro para leer el capítulo escrito por M. Maquet. El maestro lo leyó en voz alta y se mostró satisfecho, sólo realizó algunas adecuaciones menores.


M. Dumas: M. Fabé, ¿cuál es su opinión sobre el nuevo capítulo?

M. Fabé: ¡Es formidable, perfecto! He podido ver la entrada de “El faraón” como si ahí estuviera. Me conmuevo al imaginar el rostro de M. Morrel y la alegría de su familia. No cambiaría nada, maestro, absolutamente nada. Por supuesto mi opinión no importa, me queda muy claro. Quizás…, sólo agregaría una nota al pie de página que, créame, sería de gran utilidad en los tiempos venideros.

M. Dumas: ¿Una nota? ¿Pero qué tipo de nota?

M. Fabé: Lo siguiente, maestro:

¡No se atreva ningún escritor, guionista o productor a cambiar esta escena, ni ninguna otra de esta novela! M. Morrel no muere de un infarto al recibir la noticia de que el Faraón llegó a puerto (por Dios, ¿después de haber sido salvado del suicidio?) M. Morrel no muere por sentirse inmensamente feliz. ¡No toquen esta historia!

lunes, 10 de mayo de 2010

Final para una historia

Cuando invento historias, a veces llega primero el final, como este:


La tormenta arreciaba mientras Marina y Joaquín subían el tono de la discusión. Parecía que el enojo alimentaba la furia de la lluvia. Sólo los relámpagos alumbraban la habitación intermitentemente, proyectando las sombras del árbol detrás de los ventanales. Al cabo de algunos minutos él guardó silencio, ella manoteaba en cada trayecto del closet a la maleta sobre la cama, y arrojaba la ropa que tomaba sin mirar, sin clasificar, sin sentido. Se detenía brevemente en sus trayectos para mirar la silueta de Joaquín junto a la puerta, y enfatizar los aspectos más sensibles, los más dolorosos, los que recitaba de manera aprendida mientras se tocaba la frente o el pecho, y volvía a manotear para acentuar la gravedad de su enojo. Él permanecía como estatua, sólo la miraba con la quijada apretada deseando que la escena terminara pronto.


-¿Ya no dices nada? –gritó Marina lanzando las últimas prendas sobre la cama y soltó el llanto– ¡Se acabó! ¿Me escuchas? ¡Se acabó!

Cerró el cierre de la maleta y la azotó contra el piso, tiró de la agarradera y salió aprisa sin volver a mirarlo. Un desencanto extremo transformó su rostro, eso preocupaba más a Joaquín que las lágrimas y los gritos. Nunca había visto aquella expresión y temió que esta vez se marchara para siempre, entonces corrió tras ella por el pasillo.

-¡Marina! ¡Marina espera por favor! –la alcanzó a mitad de la escalera y la detuvo por el brazo- ¡tienes que escucharme… por favor! –bajó el tono de su voz y la miró angustiado- vamos a tranquilizarnos y hablamos de esto ¿quieres?
- ¡Suéltame! –zafó el brazo de un jalón y continuó bajando las escaleras hasta la puerta principal.

Joaquín la siguió al final de la escalera y se detuvo.

-¿Qué hago? ¡Dime qué hago! –gritó desesperado para retenerla y contuvo el aliento. Ella se detuvo en seco a punto de abrir la puerta, se hizo un breve silencio, Joaquín respiró profundo y tomó valor para continuar, pensó que era su última oportunidad para solucionar el problema–. No sé cómo manejarlo Marina –dijo apenado–, es difícil para mí, reacciono de manera distinta. No soy como tú, no soy jovial ni expresivo, tampoco detallista, a veces soy más bien distraído… alocado, he cometido muchos errores lo reconozco y te pido perdón por ello pero… ¡no puedes irte así!, ¡no puedes dejarme!


-Es que… –Marina giró para mirarlo- no te entiendo, no tiene sentido. ¿Por qué quieres que me quede? –pronunció desconcertada– ¡No me amas!
-¡Por Dios Marina cómo puedes decir eso! –Joaquín avanzó hasta quedar frente a ella, la miró detenidamente y en sus ojos enmarcados por el tono oscuro del maquillaje corrido, se encontraba todavía el terrible desencanto–. Lamento olvidar las cosas, quizás no demuestro cuánto te amo como tú deseas pero, yo… lamento no haber dicho con frecuencia lo importante que eres para mí…


-¿Qué soy para ti? –interrumpió Marina titubeante, con voz frágil, con la mirada caída y deseando escuchar algo que le devolviera la esperanza.

Joaquín la miro con avidez, con amor, deseando que no se marchara. Seguía lloviendo aunque con menos intensidad. Un relámpago y después el estruendo dieron pausa a su respuesta. Tomó las manos de Marina y las besó, volvió a mirar sus ojos color miel, profundos.

-Eres mi implícita labor de respirar.

Fabs

 
Imagen tomada de: http://radio.rpp.com.pe/confidencias/files/2008/12/pareja-se-mira1.jpg

domingo, 9 de mayo de 2010

martes, 4 de mayo de 2010

Será en otra ocasión

¡Disculpe! Sí, a usted deseo hablarle. Es sólo un minuto de su vida el que necesito, o más bien, el minuto suficiente por ahora para decirle que… que… ¡No me mire así por favor, no deliro! Sonará atrevido, lo sé, pero no inesperado porque, de alguna forma usted lo sabe, lo ha sabido hace tiempo ¿no es cierto? Me refiero a lo que deseo manifestarle. Sí, lo sabe, sonríe discretamente, apenas perceptible y se ha ruborizado un poco, como yo. Bueno, yo me he ruborizado más, mi rostro se ha encendido, ¿verdad? En fin… eso no importa, yo sólo quería decirle, no porque suponerlo sea intrascendente, es sólo que, si la voz lo confirma, será sublime, definitivo y yo, quizás luzca radiante. Pero disculpe usted, he dicho un minuto y llevo casi dos, ¿es ese su vagón? Creo que debe abordar, ya se anuncia su salida, tal vez haya tiempo después para conversar. Sí, será en otra ocasión. Buen viaje.


Fabs

domingo, 2 de mayo de 2010

Monólogo


Floto sobre tu ciudad de nubes, sobre tus sueños alados y tus reflejos. Doy giros y extiendo los brazos con total libertad al cielo. Miro desde lo alto tus huestes y tus confines, tus sienes cansadas y tus remansos. Te llamo y las aves que se coordinan y danzan bloquean mi sonido. Intento de nuevo y en las tribulaciones o en alegrías te has sumergido. Sigo subiendo de a poco, furtiva, sigo extinguiéndome de la tierra. Te llamo ahora con el grito que le he robado al trueno, con la fuerza imperiosa del viento y esta melancólica lluvia vespertina, mientras sigo subiendo. ¡Qué lejos estoy! He librado a la tierra misma y la veo de lejos como siempre quise. Es en vano seguir llamando, ahí fuera nada transporta mi voz. Es en vano cualquier intento porque me mires, no me percibe tu aura, ni tu sino, ni tu espacio ni el tiempo en que coincidimos. Cierro los ojos ante el infinito que se abre paso, ¡qué desolación! Me dirijo al satélite inspirador, ahí sentada contemplo al planeta maravilloso que te contiene, tan sólo por ello lo amaría, aunque no fuera su huésped. Doy forma a un verso con la esencia de mi mente; ahí, refugiada del ruido y de la pesada historia de un mundo. Ahí, con el propio a cuestas, con mi afortunada humanidad, te invoco.

Fabs
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